Capítulo I. Partida de Londres y llegada a Tenerife.
3 de septiembre de 1864. Londres.
Tengo intención en estas páginas de plasmar los acontecimientos más destacados que desde el día de mi partida hacia las islas Canarias, y en el transcurso de mi expedición, se produzcan y sean dignos de mencionar.
7 de septiembre de 1864. Londres.
Estoy a punto de zarpar. Esta mañana he estado en el muelle realizando los últimos preparativos para embarcar en perfectas condiciones todo el equipaje y los útiles científicos para la expedición. He adquirido recientemente una cámara fotográfica con el fin de poder tomar algunas imágenes de mis hallazgos y de los nuevos territorios.
Al mediodía he almorzado con Vincent Current, el nuevo embajador de Dinamarca en mi país. Me ha pedido que le entregue personalmente unas cartas a mi amigo Von Stocke, que actualmente reside en las islas Canarias, al cual conocí en 1859 durante mi expedición a las colonias africanas. Espero que sus influencias en las islas me faciliten trámites con las autoridades. Me hallo inquieto al pensar en el largo viaje a Tenerife, en los trámites burocráticos y la búsqueda de un barco y una tripulación decente. Mi único consuelo es la acertada contratación de mi asistente, Simon Tilley, un experimentado explorador de origen español, persona muy reservada y poco habladora que me inspira una gran confianza. Me ha sido recomendado por un colega que hace dos años se embarcó en una expedición que atravesaba el continente americano llegando hasta las costas del pacífico. Simon era uno de los expedicionarios y está demostrada su destreza con las armas y su sentido de la orientación. Será uno de los pilares de mi aventura.
Estoy agotado, desde que me he propuesto descubrir los nuevos territorios para la Corona Inglesa, no he cesado de recopilar información y de viajar por todo el país, incluso he realizado en el último año un viaje a Francia y otro a Italia, para reunirme con varios científicos que han visitado las islas. He conseguido que me faciliten una copia de un preciado mapa portulano, realizado por un marino mallorquín llamado Joan Palau, en el que figura la isla de San Borondón en una latitud totalmente nueva con respecto al resto de la información que poseo. He hecho entender que mi interés es puramente científico. No quiero compartir mis hallazgos y mis intenciones con desconocidos.
8 de septiembre de 1864. Londres.
Es mi último día en Londres, mañana parto en el vapor Imperial con destino final a la isla de Tenerife. Tengo un nudo en el estómago al pensar en esta aventura que ya ocupa dos años de mi vida. Tantas cosas dejadas atrás por este sueño, espero no arrepentirme. Sin el apoyo de la Royal Society todo han sido dificultades. He de volver y demostrar a todos estos truhanes, que se hacen llamar científicos, que he triunfado. Sólo necesito un buen capitán que me lleve a mi isla.
9 de septiembre de 1864. Mar Cantábrico.
Me hallo en alta mar. Las costas de Gran Bretaña ya han desaparecido de mi vista. En tres días llegaremos a Lisboa, espero poder desembarcar aunque sea unas horas. Allí entre sus empinadas y estrechas calles hay un librero famoso entre los marineros por poseer las mejores cartas marinas de las rutas de América.
El capitán del barco, el señor Thomas Murray, nos ha invitado a acompañarle esta noche en la cena. Es un galés muy afable, que me ha tomado aprecio en pocas horas, ya que conoce mi condición de naturalista. Es un gran aficionado a la botánica. Seguramente tendremos una agradable y entretenida velada.
12 de septiembre de 1864. Lisboa.
En los últimos días el mar ha estado bastante agitado. Las fuertes olas se han adueñado del apacible océano, llegando, en la mañana, hasta pasar por encima de la cubierta del barco, lo que nos ha obligado a permanecer encerrados en el interior de los camarotes. El cielo tampoco nos ha acompañado. Una gran tormenta se desató sobre nosotros cuando comenzamos a bordear las costas españolas de Galicia. Pasamos también cerca de la ciudad portuguesa de Oporto, pero sólo la distinguimos como una mancha a lo lejos. Esta mañana cuando hemos fondeado ante la histórica ciudad de Lisboa, los oficiales de salud del puerto nos han impedido desembarcar ya que se ha registrado un brote de fiebre amarilla en uno de los barcos fondeados.
Al amanecer partiremos hacia Gibraltar sin haber descargado las mercancías que debían quedarse en Lisboa. El capitán no paró de discutir y de maldecir con los sanitarios. Un hombre tan apacible y conciliador se convirtió de repente en una fiera descontrolada.
He observado Lisboa desde la cubierta superior del barco, donde me senté ya al atardecer a realizar un dibujo. La ciudad se extiende desde los muelles con una gran plaza, y empieza a ocupar las montañas que la encierran en un círculo. La mayoría de las casas tienen un color arenoso que hace que se fundan unas con otras, distinguiéndolas sólo por sus tejados. El gran castillo de San Jorge domina toda la ciudad como si fuera el pastor que vigila a sus ovejas. No he visitado nunca las callejuelas y numerosas plazas de esta ciudad de las que he oído hablar en múltiples ocasiones. Más sentimiento de pena me queda al no poder ver al librero cuya dirección guardo con recelo entre mis apuntes. Me llaman la atención los numerosísimos molinos de agua que se encuentran a la derecha de la ciudad. En una larga llanura se encuentran hilados unos a otros formando una curiosa procesión de luces a lo largo de la costa.
14 de septiembre de 1864. Gibraltar.
Esta mañana me ha despertado el estruendoso sonido de la sirena del barco. Al asomarme por la ventanilla de mi camarote pude comprobar como nos hallábamos ya frente a Gibraltar, que, ante nosotros, se mostraba insignificante y ridícula con no más de veinte casas pintadas de blanco, y dos o tres caserones al estilo londinense. Lo más destacado era su muelle con las murallas que se extienden a ambos lados de la ciudad, y la magnífica fortificación militar que preside la misma. El famoso peñón, de repente, se me antojó pequeño.
El Imperial se acercó hasta el muelle a primera hora de la mañana y comenzó un ajetreado tráfico de subir y bajar mercancías. Se nos invitó a los pasajeros a desembarcar. La visita fue corta y al mediodía estábamos ya todos en el barco esperando partir. Las nubes brumosas de la mañana se habían disipado y pude distinguir con toda claridad las costas africanas que años atrás visité y de las que soy conocedor casi a la perfección. Una vez más fui víctima de ese sentimiento de orgullo al traspasar las columnas de Hércules que ,majestuosas, se extienden separando dos continentes. A esta latitud y por la cercanía a África, ya empieza a notarse la subida de las temperaturas. El aire se vuelve cada vez más seco y caliente. Conozco bien esa sensación muy desagradable para las gargantas habituadas al frío de Inglaterra.
Al atardecer, mientras bordeábamos la costa en dirección a Mogador, Simon me ha contando parte de sus aventuras por América, cómo cruzaron a caballo en dos meses una parte inexplorada de Nuevo México, enfrentándose, casi sin reservas de agua, al clima más árido de todo el continente. Hoy ha hablado bastante. Su dominio de la lengua española me será de gran ayuda en Tenerife.
17 de septiembre de 1864. Costa africana.
Esta tarde hemos avistado a lo lejos un grupo de gaviotas. Sobrevolaban unos pequeños islotes. El contramaestre me ha dicho que se trata de las islas Salvajes, un pequeño conjunto de islotes pertenecientes a la corona de Portugal cuyos únicos habitantes son aves marinas y algún que otro conejo.
18 de septiembre de 1864. Aguas de Canarias.
Esta mañana divisamos hacia el suroeste un cúmulo de nubes negras indicadoras de la proximidad de una isla. Se trata sin duda de Tenerife. Aunque no he logrado distinguir desde nuestra posición el colosal pico del Teide, al cual espero ascender.
Esta ruta ya la realicé desde la isla de Madeira, pero en esta ocasión el barco se dirige hacia Canaria para luego tomar rumbo a Tenerife.
No deja de impresionarme lo abrupto de su costa noreste. Grandes cúmulos de nubes se enredan entre las cordilleras provocando la lluvia durante todo el año en la región llamada Naga (Anaga), manifestación muy curiosa que ya observé junto con Theodore en nuestros primeros estudios sobre la flora de Tenerife.
Los barrancos que posee esa vertiente no los he logrado ver en ningún otro lugar, y los caseríos allí dispuestos parecen estar suspendidos por frágiles hilos sobre los acantilados.
Otro fenómeno destacable, aunque no tenga lugar hacer estos apuntes ahora, es la capacidad desarrollada por los campesinos de la zona para emplazar cultivos sobre terrazas escalonadas. En ellas cultivan sobre todo la vid, así como hortalizas y otros frutales.
20 de septiembre de 1864. Canaria y Tenerife.
A primera hora de la mañana y antes de que amaneciera me hallaba ya en pie. No he pasado muy buena noche. Tal vez por el ansia de llegar y poder afrontar el final de mi proyecto.
Divisamos las luces de la ciudad de Las Palmas en el horizonte, y a las pocas horas fondeábamos en su soberbio muelle. Me sorprendió la magnitud de este puerto, de seguro mucho más imponente que el de Santa Cruz. Del barco arriaron una pequeña barca que debía transportarnos a tierra, ya que las grandes se hallaban dispuestas para transportar la mercancía. Me dirigí junto a Simon a la autoridad portuaria, y allí indagué sobre la dirección a tomar para ir hacia la casa del cónsul de Dinamarca, para el cual trabaja, en labores de asesoramiento, mi amigo Von Stocke. Un carruaje nos vino a recoger al muelle y en un momento nos vimos recorriendo unas calles con casas bajas y sin tejados, pero muy bien cuidadas y pintadas. Por un elegante puente atravesamos un barranco que nos condujo hacia el barrio de Vegueta , donde encontramos la casa del cónsul. El cochero nos comunicó al pasar delante de una histórica construcción con un pórtico de piedra labrada, que en esa vivienda había residido el ilustre marino Don Cristóbal Colón, descubridor de América. Minutos después, junto a la impresionante catedral de Santa Ana que preside este barrio aristocrático, descendimos del coche y llegamos a la casa del cónsul. Pregunté por Von Stocke que salió a recibirnos con gran alegría. El sentimiento fue mutuo. Conversamos largo rato mientras tomábamos un té en el patio interior de la residencia. Después de haberle entregado los documentos de Vincent Current, saludamos al cónsul y volvimos al puerto, no sin antes haberle contado a Von Stocke mi intención de realizar una expedición en busca de los nuevos territorios y pedirle que me proporcionara una carta de recomendación con la que poder facilitar en la medida de lo posible, las gestiones de los permisos necesarios. Con cierta incredulidad me facilitó varios escritos que debía entregar al gobernador civil, Don Diego Celaya y Bretón, y otra destinada a Hamilton, mandatario de la compañía naviera African Steam Ship Company, con los que tenía bastante amistad. Le agradezco desde aquí esta inestimable colaboración.
Partimos del puerto de La Luz al mediodía, en el mismo instante en el que las campanas de La catedral de Santa Ana sonaban para indicar el cénit del día. De esta manera abandonamos la isla de Canaria o Gran Canaria como me ha dado a entender el cochero de nuestro carruaje. Nos quedaban seis horas de travesía para llegar a Tenerife, por lo que decidí, tras perder de vista las últimas casas de la isla, bajar a mi camarote para confirmar que todo se encontraba en orden. Recogí los apuntes y algunos bocetos que había realizado en alta mar y preparé mis enseres para el desembarco.
Volvimos a almorzar con el capitán y en agradecimiento a nuestra compañía me obsequió con un maravilloso sextante, que acepté de buen grado. Me vi en el compromiso de realizar la misma acción con el capitán Murray regalándole el dibujo que había hecho de la ciudad de Lisboa hacia varios días. Entre bromas y comentarios amistosos el capitán aceptó el presente. Me gustaría haberle ofrecido ser el capitán de mi expedición, ya que posee todas las facultades que deber tener un hombre para emprender tal aventura, pero no creo que vaya a abandonar su cómoda vida en el barco por arriesgarse en una empresa que puede traer ciertos peligros y que aún no tiene fecha de inicio.
La tarde transcurrió muy tranquila conversando con el capitán y el contramaestre del barco. Mientras tomábamos el té, uno de los marineros se acercó al capitán para comunicarle que ya se avistaba la punta de Naga. Subí a cubierta para llenarme los ojos con la espléndida visión que ofrece la isla mientras se costea hasta llegar a Santa Cruz. Una ligera bruma cubría el litoral, y, a pesar de estar a resguardo gracias a la cordillera de Naga, había un mar fuertemente agitado. Viramos justamente cuando nos encontrábamos frente al pueblo pesquero de San Andrés. En lo alto a la derecha se encontraba el faro que nos señalaba la punta de la isla, junto a unas pequeñas casas blancas agrupadas al borde de un barranco, conocidas como Igueste. Los cortantes barrancos que nos acompañaban en nuestro camino hacia Santa Cruz nos iban mostrando la dureza de estas costas. Recordé cómo en uno de ellos, el de Valleseco, nuestros compatriotas cayeron como valientes ante las armas y artimañas de los soldados canarios. No puede un inglés que se considere tal, no nombrar al grandioso Almirante y a sus hombres que en valiente hazaña del año 1797 intentaron conquistar estas tierras y de forma incomprensible fueron derrotados por estas gentes, que casi no tenían armas, y mucho menos una preparación militar para derrotar a nuestras fuerzas. La suerte y la mala fortuna siempre andan cambiando de bando y en esa ocasión la suerte fue para los canarios. Ya tuvo tiempo el Almirante Nelson de demostrar en Trafalgar lo que es un gran militar.
Al atardecer divisamos la ciudad. No pudimos ver el pico del Teide, que se divisa desde esta posición, debido a que grandes
nubes negras cubren la isla. Sin embargo, la temperatura es muy agradable y el aire fresco. No ha cambiado mucho Santa Cruz desde mi última visita hace dos años, sigue siendo una pequeña ciudad de comerciantes en progreso. En esta ocasión la rada del puerto se encontraba bastante vacía con respecto a la última vez, y me ha hecho pensar que pudiera ser porque el puerto de Las Palmas le ha quitado comercio y movimiento a éste, que se ha quedado ya pequeño. Tras hacer sonar varias veces la sirena, una pequeña barca acercó a los sanitarios y autoridades locales, que tras realizarnos una veintena de preguntas inútiles y haberle pedido a Simon que le entregase su pistola y la munición (las cuales, hasta ahora, y por motivos de seguridad, el capitán le había permitido tener en el camarote) pudimos descender a tierra. Lo hicimos en un bote, que tras varios apuros nos pudo dejar en el muelle y que, en un segundo viaje, volvió al barco a recoger nuestros enseres y propiedades, ya que el capitán, como favor personal, nos había autorizado a bajarlos esta noche. La despedida con tan noble hombre fue sincera y afectuosa. Todas estas tardes junto al capitán Murray han sido muy alentadoras y provechosas para mi expedición.
Ya anochecía cuando descendimos en el muelle. Les dimos instrucciones a los marineros para que llevasen nuestro equipaje y enseres hasta el Hotel Inglés que ya conocía de mi anterior estancia. No tuvimos problemas en encontrar dos habitaciones. Comunicamos la próxima llegada del equipaje y una señora gorda y sonrosada nos condujo con un detestable inglés hacia nuestros aposentos donde nos prepararon un baño caliente.
Ya me encuentro en mi destino, ahora quedan los preparativos finales de la expedición. Conseguir los permisos no creo que sea un inconveniente. Lo que me ha preocupado esta tarde al desembarcar ha sido la poca cantidad de barcos fondeados, lo cual puede ser un problema a la hora de conseguir fletar uno, para la empresa que nos proponemos realizar.
22 de septiembre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Llevo dos días en Tenerife y creo que ya he envejecido diez años. Las gentes de este lugar no son eficientes en sus tareas. Como motivo principal resaltaré mi visita a la oficina del gobernador civil, al cual aún no he podido ver. Al día siguiente de mi llegada y a primeras horas de la mañana me dirigí al edificio del gobierno civil para comunicarle a Don Diego Celaya y Bretón el motivo de mi estancia en la isla y entregarle la carta que mi amigo Von Stocke le había escrito. Fui acompañado por Simon para que pudiese entenderse con los lugareños. A pesar de su perfecto español, estas gentes no parecían entender lo que queríamos. Tras varias conversaciones y muchos minutos de espera, logramos ver al secretario del gobernador, el cual, tras hacernos esperar otro buen rato, nos comunicó que el gobernador se encontraba en el sur de la isla y que no podría darnos audiencia hasta la próxima semana. Y digo yo, Dios, qué les costaba habernos comunicado tal situación desde un principio.
Hemos aprovechado estos días para visitar la comandancia militar que se encuentra en el castillo de San Cristóbal para tramitar los permisos de tenencia de las armas de fuego destinadas a la expedición. Debemos guardarlas en sus dependencias hasta nuestra partida, ya que no es costumbre en estas tierras el ir armados por las calles, detalle que a mi amigo Simon le ha costado entender, pues ha regresado hace poco de América y allí el que no va armado tiene pocas posibilidades de sobrevivir.
Los días son plácidos y tranquilos en la ciudad, con un clima muy agradable. Posee esta ciudad una alameda donde se sirve un buen té. Tiene también varias fortificaciones militares. Visto desde tierra, parece que la ciudad esta bien cubierta de la entrada del enemigo. En su centro, y junto a la Plaza de La Constitución y a su flamante monumento de mármol dedicado a la llegada de La Virgen de Candelaria en la época de la conquista, se encuentra el castillo de San Cristóbal. Hacia el norte están las fortificaciones de Paso Alto y Almeida, y hacia el sur se encuentra el castillo de San Juan. Sería interesante un estudio de las fortificaciones de esta isla.


