Capítulo V. Llegada a los territorios desconocidos, la estancia en ellos, y el retorno.
10 de enero de 1865. Alta mar.
Ya hemos perdido todo contacto visual con tierra firme. De momento el día transcurre con normalidad. Los marineros se han dedicado a pescar toda la mañana y han sacado varios peces de gran tamaño. Comemos también bastante fruta que Rafael ha adquirido en La Palma. Debemos consumirla los primeros días para que no se estropee. Hay provisiones suficientes para diez días y las gallinas que llevamos a bordo nos proporcionan alimento fresco diariamente. Cuando estoy en cubierta no paro de vigilar el horizonte, busco con mi catalejo cualquier indicio de tierra. Sé que aún es pronto para encontrar algo, pero los datos son tan imprecisos que en cualquier momento puede haber una sorpresa. Esta mañana los marineros han recogido un tronco de árbol que iba a la deriva y no he sabido identificar la especie a que pertenece. Sus ramas aún estaban verdes. El sol se pone ya por el horizonte. El viento ha cesado de improviso y el capitán ha mandado desplegar las velas. Todo es calma. Seguimos sin encontrar nada, el horizonte está vacío. Aprovecho estos momentos de tranquilidad para reflexionar un poco sobre esta aventura que me ha llevado al centro del océano. Desde un principio he creído en la existencia de estos territorios inexplorados hacia poniente. La navegación aún no ha explorado todo el océano y constantemente colegas de profesión realizan descubrimientos y hallazgos sorprendentes. Hace dos años, junto a Theodore Booth, herboricé tres especies nuevas de plantas endémicas de la isla de Madeira.
El barco sigue avanzando muy lentamente. El capitán me ha dicho que el rumbo es correcto y que estas rachas de viento y calma son normales en medio del océano. Calculamos que estaremos a unas 200 millas de tierra. Si tenemos que avanzar más de lo establecido, lo haremos. Yo he financiado esta expedición y yo soy quien paga a estos hombres para que hagan lo que les ordeno.
11 de enero de 1865. Alta mar.
Hoy ha amanecido con una pequeña brisa que empujó la embarcación a buen ritmo. El horizonte estaba totalmente cubierto de nubes y el mar bastante tranquilo. Ha habido un pequeño altercado en la cubierta entre uno de los marineros y el cocinero de La Palma. No he querido intervenir en este asunto. El capitán ha resuelto el problema a su manera. Es tarea del capitán mantener el orden en la embarcación. Mientras escribo estas letras oigo un ajetreo inusual en cubierta.
No ha sido nada importante, el viento ha surgido con más fuerza y ha cambiado de dirección inesperadamente, lo que ha provocado un movimiento apresurado de los marineros por todo el barco. Las dos velas principales están infladas como nubes empujándonos hacia poniente. Me cuesta escribir esta noche debido al incesante movimiento del barco. El capitán me ha dicho que es bueno para nuestros objetivos ya que si hay algo ahí delante llegaremos mucho más rápido. Tiene un gran sentido del humor cuando está en confianza. Para mí sin embargo estas sensaciones son nuevas y me crean muchísimas dudas. Desconozco el aguante que podrá tener este barco. Cuando dudo sólo tengo que mirar al capitán. Sus gestos y su cara delatan sus preocupaciones y de momento lo he notado tranquilo.
Simon está la mayor parte del tiempo en cubierta. Le he encargado la misión de otear el horizonte todo el día, utilizando el catalejo. Creo que a estas alturas deberíamos divisar tierra.
12 de enero de 1865. Alta mar.
Todo sigue igual. El fuerte viento no cesa de soplar. Los marineros están bastante inquietos, ya son tres días sin divisar tierra y adentrándonos en el océano. Esto debe preocuparles, ya que son hombres de mar y en todo momento conocen el rumbo de la nave. Han estado preguntando al capitán y dudan de la existencia de tierra por estas latitudes. Espero que Rafael Méndez pueda controlar a sus hombres. Lo que menos deseo en estas circunstancias es una tripulación descontenta.
Esta mañana he subido un buen rato a cubierta, quiero que los marineros me vean tranquilo y confiado. He ordenado al capitán que varíe un poco el rumbo, hacia el norte. Quizá de esta forma, si no nos adentramos tanto en el océano los marineros se calmarán.
En la primera comida he hablado con el capitán, me ha dicho que hay cierta inquietud en la tripulación, que ya empiezan a rumorear. Son muy supersticiosos y por sus bocas circulan leyendas y habladurías. Le he dicho a Rafael que doble la paga por día de cada uno de los hombres, a ver si así se tranquilizan.
Por primera vez desde que abandonamos tierra la noche se presenta nublada, no se distingue ni una sola estrella entre los cúmulos de nubes. No quiero que estos marineros intenten arruinar mi empresa. Haré cualquier cosa por salvaguardar mis intereses. Le he pedido a Simon que tenga cargadas las armas.
13 de enero de 1865. Alta mar.
No es un buen día hoy. El viento se ha duplicado en fuerza y grandes olas nos rodean en todo el océano. El capitán me ha dicho que se aproxima una gran tormenta desde el sureste, que no podremos evitarla y debemos prepararnos para la caótica situación que nos espera. Los marineros están hoy muy ocupados con las tareas del barco, están de un lado hacia otro dando voces y soltando y amarrando cabos. Espero que estas labores tengan también entretenida su mente. Es aproximadamente el mediodía y el cielo se ha oscurecido por completo. La fuerza del viento ha aumentado y comienzo a notar al capitán bastante nervioso. Nos ha recomendado que nos quedemos en nuestros camarotes y que no salgamos hasta que pase la tempestad.
Es increíble la violencia con que nos azota el mar. Soy incapaz de entender ni una sola palabra de lo que gritan en cubierta. El ruido del viento es infernal y ha comenzado a entrar agua en el camarote, estoy pisando ahora mismo un auténtico charco. Dudo entre salir o quedarme. Mejor permanecer en el camarote como dijo el capitán; en cubierta lo único que haría sería entorpecer. Ya casi cae la noche, por el ojo de buey de mi camarote diviso una claridad entre la línea del horizonte y las nubes. Me está costando muchísimo mantener la pluma sobre el papel. “Tierra, girar a tierra”. Me ha parecido oír esas palabras en cubierta….
Intento escribir estas palabras sin la luz del farol, con una simple vela. Uno de los marineros ha divisado tierra hacia el oeste. El capitán ha tomado ese rumbo. Intentará guiar la nave hacia nuestra única salvación.
Seguimos vivos. Creí que este infierno no acabaría nunca, pensé que se acercaba la hora de mi muerte. Rafael me ha comentado que en sus treinta años de marinero jamás se había enfrentado a una tempestad como ésta. Pero ya ha pasado, hemos alcanzado tierra. Nos hemos podido refugiar, gracias a la pericia del capitán y los marineros, en una ensenada en la costa que hemos avistado al mediodía. Han sido más de doce ó quince horas inmersos en la tormenta. Los destrozos en el barco son numerosísimos, todo en cubierta y en las bodegas es un caos. Uno de los mástiles se ha partido por la mitad. Mañana al amanecer haremos un balance de los daños e intentaremos repararlos a la mayor brevedad posible. Mi cama está totalmente empapada de agua y el suelo de mi camarote parece parte del océano. Simon se encuentra en perfectas condiciones.
14 de enero de 1865. Territorios desconocidos.
Hemos estado esta mañana revisando los daños en la embarcación y son cuantiosos. El mástil principal se ha quebrado por la mitad y habrá que sustituirlo desde la base. Esta operación es muy complicada y llevará varios días. Las dos bodegas del barco se han inundado, perdiendo la mayoría de los víveres que nos quedaban para el resto del viaje. El suelo de cubierta se ha levantado en su mayor parte por la proa y todo el barco se encuentra sumido en un caos absoluto. Estas son las incidencias con respecto al barco. Por otro lado, estamos a salvo de la tempestad y sólo queda una persistente lluvia sobre nuestras cabezas. Mis útiles no han sufrido ningún daño aparente, exceptuando el baúl que contenía mis ropas, que se ha empapado. Nos encontramos frente a una costa bastante abrupta y de un claro origen volcánico. Puede ser parte de una gran masa de tierra firme o alguna de las islas del océano. El capitán me ha confesado desconocer totalmente la posición en la que nos encontramos, ya que estuvimos bastantes horas inmersos en la tormenta y no pudo recoger referencia alguna.
Los marineros están organizando la barca de salvamento para descender a tierra en busca de agua potable, la que había en el barco se ha mezclado con la del mar. Nos encontramos frente a un territorio bastante frondoso y verdoso, por lo que es muy probable que haya agua dulce muy cerca. He estado mirando con el catalejo y la vegetación es claramente tropical. Le he pedido a Simon que baje las armas y le facilite una a los marineros que irán en busca de agua, no sabemos con que tipo de situaciones nos podemos tropezar en tierra. El territorio es muy escarpado. Hay dos grandes montañas hacia el norte, seguidas en ambos lados por otras de menor envergadura. La vegetación en la costa es escasa y de poco tamaño. He recogido algunas muestras. Iremos hacia el oeste, ya que la zona posee mayor altitud costera en esa dirección y quizás se pueda divisar alguna población o signo de vida. No posee esta costa tampoco ningún camino o sendero que facilite nuestra marcha. Uno de los marineros, que ha venido con nosotros por orden del capitán, nos ha ayudado a transportar los enseres fotográficos. Pasamos costeando junto a una pequeña montaña y bajamos un barranco por el que circula un riachuelo no muy caudaloso. Esto explica lo exhuberante que es el terreno. Posee gran cantidad de agua y las nubes parecen estar siempre fijas en sus cumbres, a pesar de no tener, según mis cálculos, más de tres mil pies de altitud. Hemos caminado alrededor de dos horas hasta llegar a un acantilado que nos ha cortado el paso. Un gran roque con espesa vegetación se encuentra a muy pocos metros de la costa. No hace mucho debió estar unido a tierra. Los acantilados parecen tener unas tallas faciales: deben ser de los aborígenes del territorio. El marinero se ha estremecido al observarlas. Le he indicado a Simon que le diga que guarde silencio con respecto a este descubrimiento.
Sobrevuelan nuestras cabezas ejemplares de una especie de gaviota. Son parecidas a las que habitan en las islas africanas. Realizamos varias tomas fotográficas de los acantilados y las tallas de las cabezas. En esta zona aproveché para hacer unos bocetos de unas plantas que no relaciono con las que conozco. He tomado muestras de todas las especies que he podido. Regresamos bordeando la zona costera y cuando llegábamos a la ensenada, le pedí a Simon que me acompañara con la cámara fotográfica y algunos víveres. Hacia la costa, hay unos pequeños roques en los que distinguí desde el barco unas aves de gran envergadura que quería observar. El marinero continuó su camino hacia la playa donde ha desembarcado el resto de la tripulación. Cuando estuve a una distancia prudencial cogí el catalejo para observar aquellas aves. Ya me resultaban raras de lejos y más aún cuando pude observarlas más detenidamente. Tomamos una fotografía de los roques costeros con aquellas aves. En lo que Simon se dedicaba a revelar la placa de cristal, yo me acerqué a la costa lo más posible, con mis láminas y mis pinceles, para observarlas de cerca. Son una nueva especie para mí. Dibujé en una lámina los rasgos de este extraño animal para estudiarlo detenidamente en Londres.
A media tarde regresamos al barco, desde donde ahora escribo y sigo asombrándome al mirar estos dibujos. No he visto en mi vida un ave con estas características. He podido observarlas durante un buen rato y se desenvuelven con bastante agilidad dentro del mar, pero al salir a las rocas se vuelven torpes y de paso muy lento y meditado. Es posible que al haberse encontrado aisladas hayan evolucionado de forma diferente. En mis apuntes he recogido varios datos de interés sobre ellas. Los marineros que fueron en busca del agua me han comentado que siguieron el curso del torrente de agua que descendía con mucha fuerza y descubrieron una cascada de grandes proporciones, sobre los 60 ó 70 pies según ellos.
15 de enero de 1865. Territorios desconocidos.
Anoche no pude descansar. Me encuentro bastante incómodo en el camarote. El balanceo continuo, al que debería estar ya acostumbrado, no hace más que desvelarme. He decidido con el capitán que me trasladaré a tierra. Entre los equipos que hemos traído para la expedición hay varias tiendas de campaña que nos servirán de refugio en el campamento que montemos en la costa. Los marineros llevan un buen rato desembarcando enseres de todo tipo en la playa. Que el barco esté vacío, además, facilitará las labores de reparación a las que han de someter el Cruz del Sur .
Estamos en la montaña más alta del territorio, la tarde se ha despejado y hemos podido divisar prácticamente todo el contorno del territorio y he llegado a la conclusión de que estamos en una isla, posiblemente deshabitada. Hay unas nubes bajas sobre el bosque que nos impiden reconocer la parte noreste de la isla, pero el resto es totalmente visible desde aquí.
Estamos en una isla. Una isla desconocida y deshabitada, una isla en medio del océano. Empiezo a albergar la esperanza de que estos territorios desconocidos sean San Borondón.
Contaré lo que ha acontecido en todo el día de hoy:
Al desembarcar, Simon ya había elegido el lugar donde montaríamos el campamento. Nos hemos instalado un poco alejados de la costa, en una zona boscosa, por lo protegidos que estaríamos en caso de más lluvias. Mientras Simon daba las órdenes oportunas para el montaje del campamento, y se dedicaba a coordinar y a realizar las labores más complicadas, decidí ir con dos marineros que iban en busca de víveres hacia la parte superior de la isla. El camino de ascenso fue bastante complicado, y en algunas ocasiones arriesgado. Estaba todo muy embarrado debido a las lluvias que habían cesado esa misma mañana. Por cada dos pasos que dábamos, descendíamos uno. Debíamos subir a la cumbre y averiguar de una vez por todas dónde nos encontrábamos y si había alguna población cercana en la que poder solicitar ayuda. Tras largas horas de ascenso durante las que atravesamos unos espesos bosques de árboles entrelazados y suelos musgosos, escalamos el último tramo de la montaña, más escarpado y rocoso. Estábamos en una isla, y solos. No había ningún indicio de asentamiento humano. En ese instante algo en mi estómago se encogió. Me di cuenta, en lo más alto de la isla, que me encontraba en San Borondón.
En el descenso, los marineros se dedicaron a cazar unos reptiles de una especie totalmente desconocida que hubiesen podido atrapar con las manos, ya que no huían ante la presencia de los hombres, pero a los que disparaban por miedo a ser atacados (ya que poseen un aspecto bastante fiero). Los dibujé en cuanto llegamos al campamento, antes de que estos bárbaros se comieran una nueva especie desconocida hasta ahora para la ciencia. Cuando descendíamos, otro hecho insólito perturbó el ambiente: íbamos ya hacia el campamento cargados con las capturas, cuando un estruendo aterrador rompió el silencio. Todos los pájaros se callaron de repente, y de nuevo, aquel desgarrador alarido. Era similar al grito de una bestia, pero yo se lo atribuyo al viento o algún derrumbamiento en el interior de la isla. No hay criatura que pueda realizar tal sonido. Los marineros estaban bastante asustados y apresuraron su paso hasta el campamento. Cuando llegamos todavía quedaba un rato para que anocheciera y el campamento estaba totalmente listo: varias tiendas de campaña para pasar la noche, un gran fuego con el que calentarnos y preparar nuestros alimentos. No se podía pedir más.
Me retiré con Simon y le comente mis sospechas respecto a la isla. Pareció muy satisfecho al entender que habíamos logrado el primer objetivo de nuestra misión. Ahora nos quedaba lo más difícil: estudiar la isla la mejor posible y saber regresar habiéndola situado en un mapa. Bajé hasta la costa con uno de los marineros, que hizo varias señales al barco que fueron contestadas de inmediato. El marinero me acercó hasta el Cruz del Sur . Le conté a Rafael Méndez lo que había acontecido hoy y mis sospechas de que nos hallábamos en la isla de San Borondón. Por un lado se sintió satisfecho y algo perplejo por haberla hallado de esa manera. Por otro lado, estaba algo temeroso por el miedo que sentía hacia lo desconocido. Se preocupó bastante por los que estábamos en tierra y podíamos sufrir algún peligro.
Ahora me encuentro en el campamento, los marineros han bajado a tierra la mesa que tenía en mi camarote, lo cual les agradezco profundamente. Todos mis enseres están aquí: la prensa para la herborización; mis frascos de muestras; mi lupa; y mis láminas y pinceles de dibujo. Todo lo que necesito para realizar un exhaustivo estudio de lo que encuentre en la isla, incluidas la cámara fotográfica y las emulsiones de colodión -que tan extraordinarios e insospechados resultados están dando-.
Mañana partiré junto con Simon a explorar la zona oeste de la isla. He distinguido claramente un gran volcán rodeado de malpaís y en la parte interior, entre las dos cordilleras que componen la isla, hay una ciénaga, o lago, que también me gustaría observar. Estoy realmente emocionado con estos hallazgos y con el hecho de haber conseguido el objetivo que me propuse. No es una leyenda, lo era porque nadie supo nunca situarla en un mapa con exactitud. Por eso decían que aparecía y desaparecía. Que era la non trubada . Pero ya no lo es. Ahora es mía y de la Corona Inglesa. Quiero explorarla hasta su último rincón, examinar cada especie animal y vegetal que habite en ella. No me importa no dormir más que unas pocas horas, quiero aprovechar todo el tiempo que me sea posible para recorrer este nuevo territorio. Así es cómo lo siento y cómo lo traspaso en estas líneas, que ahora, más que nunca escribo con gran emoción.
16 de enero de 1865. San Borondón.
Esta mañana hemos madrugado bastante para no perder tiempo. Ayer le comuniqué al capitán que partiría hoy al amanecer a recorrer parte de la isla y que posiblemente pasaríamos la noche fuera. Nos llevamos el revólver de Simon y un fusil, más las provisiones de comida para un día. El agua hemos decidido no transportarla por su abundancia en cualquier rincón de la isla. En su lugar preferimos llevar la cámara fotográfica con el laboratorio portátil y las placas.
En el momento en que escribo esto, estamos descansando en la ciénaga que se encuentra en un frondoso valle del interior de la isla. Ángel Cruz, el marinero que nos ha acompañado en el recorrido, es el que más confianza nos inspira, exceptuando por supuesto a Rafael Méndez. Partimos esta mañana muy temprano con destino a la parte superior de la isla con intención de atravesarla hasta la zona volcánica. El camino ha sido duro, pero a la vez entretenido e interesante, ya que a cada paso que dába descubría nuevos motivos que dibujar. He realizado también alguna toma de plantas, que Simon ha revelado, mientras yo las bocetaba. Al terminar la abrupta pendiente que caracteriza a la isla en su parte más cercana a la costa, llegamos a un terreno mucho más llano, al valle en el que ahora nos encontramos. Está rodeado por montañas en todas las direcciones, exceptuando la noreste, por donde desemboca el río que nace en la ciénaga que está a nuestros pies. El paso por este lugar ha sido bastante complicado y hemos tenido que meternos en el agua hasta el pecho, llevando los enseres en alto. Se aprecian en este lugar unos helechos inmensos, del tamaño de palmeras jóvenes, pero que no he podido analizar ya que la densa vegetación me impide acercarme a ellos. Este valle está muy lleno de vida, se oyen pájaros por todas partes y grandes aves sobrevuelan nuestras cabezas. No las he podido observar aún de cerca, pero parecen ser garzas o garcillas con sus alas blancas y picos alargados.
El día ha sido muy largo y nos disponemos a descansar. Simon ha instalado el campamento en la base de uno de los gigantescos árboles que hay en esta parte del bosque. El camino hasta aquí ha sido relativamente sencillo. Atravesamos el frondoso valle sin ninguna dificultad, ya que en esta dirección no encontramos más charcas ni riachuelos.
Volvimos a realizar un pequeño ascenso a una de las cumbres, desde donde pudimos divisar, a unas tres o cuatro millas, un impresionante volcán de lavas negras con el cono partido hacia la zona este. Rodeado de un gran malpaís que lo hace parecer una isla en un mar negro de coladas de lava. A nuestros pies, se presentaba también un bosque muy denso en el que destacan sobre las copas de los árboles, otros de descomunales proporciones. Sus copas se extienden como brazos sobre el resto de la vegetación. Descendimos por un esplendoroso y mágico bosque lleno de líquenes y musgos, de colores y tamaños que nunca había observado. Cogí muestras de todos los que pude distinguir. Cuando ya anochecía llegamos hasta el árbol bajo el que hemos acampado, uno de esos gigantes seres vivos de volumen extraordinario, la base del tronco es casi del tamaño de una casa (deben tener un diámetro de doce o quince pies).
Simon ha preparado una hoguera para poder calentarnos y rebajar un poco el nivel de humedad que hay en el bosque. Esta noche Simon y Ángel Cruz se turnarán para hacer guardia. Yo descansaré.
17 de enero de 1865. San Borondón.
He identificado, al menos, entre 6 ó 7 especies desconocidas de plantas, y ahora tengo junto a mí una nueva especie animal. Todos los datos sobre ella han sido recogidos en mis apuntes y en unos bocetos que he hecho rápidamente al capturarla.
Llevamos varios frutos como sustento para el resto del día. La frondosidad del bosque no dejaba pasar prácticamente la luz, pero nuestros ojos se adaptaron con facilidad al entorno. Pasamos entre árboles de diferentes especies y en algunas ocasiones, Simon, que iba delante, tenía que hacer uso del machete para abrirnos paso entre la vegetación. Cuando comenzamos la marcha, de nuevo se oyeron los alaridos de hace dos días. Esta vez ha sido con menor intensidad pero más prolongados. Intentaré en los próximos días acercarme a la zona superior para averiguar de dónde proceden.
El terreno se volvió más llevadero, ya que las bajadas se fueron convirtiendo en llanos y el bosque se fue despejando hasta encontrarnos repentinamente frente a una gran muralla negra. Una inmensa colada de lava apareció de repente ante nosotros. Llegaba hasta el bosque y en su momento tuvo que haber quemado toda la zona. Intentamos rodearla hacia el este, pero su tamaño no decrecía. En un punto determinado, decidimos ascender a lo más alto. El paisaje fue realmente desolador, y a la vez, emocionante. Una inmensa colada de lava negra se extendía hasta la costa, y en medio de ella, hacia el oeste, un gran volcán con el cono partido por las erupciones nos daba la bienvenida a su reino. En esta parte del volcán todo era desértico, ni el más mínimo rastro de especie vegetal ni animal. Nada, sólo lava.
Habíamos pasado de un fresco y exuberante bosque tropical con riachuelos y musgos a un desierto negro de lava y muerte. La marcha se hizo bastante dificultosa por aquel entramado volcánico. Las piedras estaban sueltas y un paso en falso te podía hacer caer sobre aquella inmensa alfombra picuda. Ángel, el marinero que venía con nosotros, a pesar de ser isleño y haberse criado en un ambiente volcánico, tropezó en una ocasión y cayó al suelo haciéndose un pequeño corte en la frente que le sangró durante un buen rato. En su caída perdió varios frascos con líquenes y alguna planta que transportaba. Tendremos que volver para recolectarlos en estos días ya que no me gustaría perder esas muestras. Varias horas después llegamos a la parte norte del volcán, más cercana al mar, y la brisa marina alivió en parte el sofoco que teníamos. Nos detuvimos un rato a descansar, ya que Ángel se encontraba un poco mareado por el golpe en la cabeza. Aproveché ese momento para acercarme al primer signo de vida que observaba en aquel paraje. Crece aquí un planta bastante curiosa que he muestreado. Le he hecho un simple boceto para dibujarla una vez estudiada. Posee una flor amarilla en la que hay unos insectos que hasta este momento desconocía. Son unos pequeños coleópteros que describo en mis apuntes. Aprovechamos la parada también para realizar una toma fotográfica que describe perfectamente el entorno en que nos encontramos.
Tras el descanso decidimos continuar la marcha y acercarnos a la costa. En este momento fue cuando realizamos un nuevo descubrimiento, la nueva especie que no puedo clasificar.
Al acercarnos a la costa, el mar estaba bastante agitado y el litoral era bastante escarpado. Simon me hizo una señal para que detuviera la marcha. Se acercó a hurtadillas hasta donde yo estaba y me comunicó que había tortugas sobre las rocas. Me extrañe bastante, ya que en el caso de que estuvieran desovando, que sería la única posibilidad de que estuviesen en la costa, lo harían en una playa de arena, no en medio del malpaís. Me acerqué hasta el punto en el que Simon se había detenido hacía unos minutos y asomé la cabeza sobre las rocas. Mi sorpresa fue extrema al apreciar aquellas bestias mitad tortuga, mitad insecto. Emitían una especie de silbido muy agudo para comunicarse entre ellos. Mi reacción fue inmediata, llamé a Simon y preparé la cámara fotográfica. Rápidamente tomé una placa y volví a ocultarme para no espantar a las extrañas criaturas. Cuando Simon me comunicó que el proceso fotográfico había sido correcto, me acerqué un poco más con mis útiles de dibujo, con tan mala suerte que resbalé en una de las rocas y caí al mar espantando a todas las criaturas. Me vi envuelto por las olas que me zarandeaban de un lado a otro. Me golpeé varias veces contra ellas, aunque por fortuna no perdí el sentido ya que ese hubiese sido mi final. El mar estaba bastante encrespado y pase momentos de gran apuro hasta que pude sujetarme a una roca cercana a la costa. Al momento apareció Simon nadando y sujeto a una cuerda que sostenía en el otro extremo Ángel Cruz, para trasladarme de nuevo hasta la costa con sólo unas magulladuras y heridas en las manos. Después de reponernos y descansar un buen rato tras el mal momento pasado, decidí dar captura a una de las criaturas, que se encontraban en una gran charca interior moviéndose con agitación de un lado a otro. Simon y Ángel entraron en la charca con una pequeña red, y mientras yo hacia bruscos movimientos en un extremo, ellos en el otro intentaban atrapar a un espécimen. Tras varios intentos fallidos lo logramos. Ahora la observo y me parece extraordinaria. Tiene, en efecto, el aspecto de una tortuga marina, pero su caparazón es totalmente liso, con un vértice escalonado. Sus patas son parecidas a las de un insecto pero con unas pequeñas garras en los extremos, y posee en la cabeza unos apéndices en forma de algas. Permaneceremos un rato más en este lugar pues me gustaría observar más tiempo, en su medio, a estos nuevos animales.
Ya hemos pasado el mediodía y partiremos en unos momentos hacia el campamento. Antes me gustaría hacer unas pequeñas anotaciones del comportamiento de estos animales a los que he podido observar con detenimiento. El mirafondos que traje me ha servido de particular observatorio de las criaturas. Son muy sociables entre sí y se comunican, como había notado antes, por unos cortos y agudos silbidos que emiten en el exterior del agua. He visto como se alimentan de pequeños peces que hay en la charca. Se colocan en el fondo sujetos por las patas traseras, que poseen unas garras y dejan el cuerpo inerte que se eleva sobre el fondo en dirección a la superficie. Los apéndices que poseen en la cara son utilizados como cebo para los peces pequeños, que los confunden con algas y en el momento en que tienen a la víctima frente a su boca, lanzan un rápido ataque que culmina con la captura de la presa. En los bocetos que he realizado describo otras particularidades de su anatomía.
Debemos regresar al campamento para que no nos caiga la noche encima. No sé a cuanta distancia estaremos, pero nos queda un largo día de camino. Simon ha ingeniado una pequeña bolsa para transportar al espécimen que hemos capturado. Me gustaría regresar con él a Inglaterra y poder mostrar en Londres este extraordinario hallazgo.
Nos encontramos al oeste de la isla, pero aún desconozco la posición exacta. Mi única referencia son las montañas que hay a nuestra izquierda. Hasta que no llegue al extremo de la isla no podré hacerme la idea de la proporción que tiene.
El camino ha sido a paso muy lento, ya que hemos ido costeando para remojar de vez en cuando el caparazón de nuestro nuevo compañero. Cuando atardecía, la costa se volvió más complicada para caminar y tuvimos que ascender un poco hacia la parte superior. Nos encontramos en un acantilado totalmente lleno de cuevas y pequeños huecos, tiene el aspecto de un gigantesco colador. Ángel ha recogido leña de los alrededores mientras Simon acondicionaba una de las cuevas para pasar la noche. Son claramente de origen volcánico, pero de poca profundidad. Mañana deberemos ascender hacia las cumbres, ya que a partir de este punto la isla se vuelve demasiado abrupta y la costa se convierte en acantilado.
El capitán debe estar preocupado por nosotros. Espero llegar mañana al campamento. No puedo desaprovechar esta espléndida oportunidad que me ha brindado el destino. Este momento me llevará a la gloria, seré reconocido a nivel mundial y cualquier referencia sobre la isla de San Borondón será única y exclusivamente mía. La insistencia y el trabajo bien hecho siempre han sido los baluartes de mi vida y ahora, casi sin darme cuenta, me han llevado a la cima. Estoy realmente satisfecho y orgulloso de esta empresa, intentaré estar aquí el mayor tiempo posible. Debo establecer la posición exacta de la isla con respecto a los territorios conocidos, el capitán me ayudará en el momento en que las estrellas sean visibles y estas malditas nubes que nos acompañan todo el día desaparezcan.
No tengo apetito. Simon está completamente dormido y Ángel realiza la primera guardia en el exterior de la cueva. La noche es muy placentera: la temperatura debe rondar sobre los 15 ó 16 grados y una suave brisa viene desde el mar.
18 de enero de 1865. San Borondón.
Hemos llegado a mediodía al campamento. Hay problemas. Las cosas se han complicado con los marineros y el capitán está de muy mal humor. He tenido que imponer mi autoridad y dejar claro entre estos hombres que las normas en tierra las pongo yo. Me hubiese gustado que esto no sucediera, pero estas gentes no conocen otra ley que la del más fuerte y las armas las tenemos nosotros.
Uno de los marineros ha desaparecido desde hace dos días. No tenemos la mínima señal de dónde puede estar, el capitán me ha contado que les dijo que iba en nuestra busca para unirse a la exploración, pero ni ha llegado a dar con nosotros, ni en ningún momento tuvimos señales de su presencia en el otro lado de la isla.
La noche en la cueva ha sido nefasta para mí. No he podido dormir en toda la noche debido a que me encontraba bastante mal. He estado con vómitos y con un gran dolor de cabeza que no me dejó descansar. Creo que hasta he tenido fiebre y delirios. Simon me dio a mitad de la noche un paño mojado que me puse en la cabeza y me alivió los dolores lo suficiente como para dormir algunas horas. A pesar de eso ya me encuentro recuperado. En Tenerife me sucedió lo mismo hace unos meses, pero con mayor intensidad. Simon traía a cuestas la nueva especie animal que hemos recogido. En esta ocasión era el marinero quien iba abriendo paso entre la maleza. A nuestro camino el bosque seguía siendo bastante espeso y atravesamos varios riachuelos que corrían por entre los barrancos. Una vez avistamos el campamento ordené a Simon que lanzara un tiro al aire para avisar de nuestra llegada.
El recibimiento no fue muy cordial por parte del capitán. Comenzó a dar voces que en ningún momento entendí y creo que Simon no me tradujo con exactitud. Después de que terminara de hablar el capitán, llegó mi turno y puse a ese hombre y al resto de los marineros en el lugar que les corresponde.
El capitán quiere marcharse de la isla, a lo que me niego rotundamente. No he venido hasta aquí para marcharme tan pronto. Quiero explorar toda la isla y así lo haré. Los marineros se encuentran bastante asustados y atemorizados por la desaparición misteriosa del cocinero. Dicen que está loco y que se marchó maldiciendo. Temen que pueda volver en cualquier momento y atacarnos. Es bastante absurdo, ya que las armas están en nuestro poder. Los marineros rumorean que la isla está maldita, que está encantada, que no saldremos vivos de ella. ¡Malditos ignorantes! Debí suponer que tarde o temprano estas gentes me darían problemas. Ahora escucho las palabras de mi hermano Peter, cuando varias semanas antes de partir de Londres, me recomendaba llevar a la tripulación desde allí, que en esas islas no había más que maleantes y gente que huye de la justicia, y que me darían problemas.
El mástil del barco ya ha sido reparado. No ha parado de llover desde esta mañana. Ahora lo hace con un poco más de intensidad, lo que ha provocado que debamos permanecer en el campamento. Esta tarde, mientras estaba en el campamento ordenando mis notas y tomando apuntes, los dos marineros que habían salido en busca de algunos víveres llegaron corriendo y gritando al campamento. Simon habló con ellos, y le contaron que en unos de los barrancos, mientras cazaban, apareció entre la maleza un galápago de grandes proporciones y de paso muy lento. Se asustaron, ya que dicen que su aspecto es demoníaco y que posee grandes púas en todo su cuerpo. Los he seguido junto a Simon hacia el lugar en el que decían haberlo visto. Es un barranco de muy difícil acceso en el que hay un pequeño valle no muy lejos del bosque más denso. Llegamos al lugar y no había nada. Varios minutos después y de forma inesperada surgió como de la nada un inmenso galápago de extrañas formas. No era un ser demoníaco, ni mucho menos, pero sí poseía ciertas particularidades que lo hacían raro. Su caparazón era casi plano y estaba rodeado de púas. Sus patas eran gruesas y su cuello bastante largo. Le pedí a Simon que regresara al campamento y trajera mis útiles de dibujo para realizar unos bocetos de tan extraño galápago. Gran parte de la fauna que he encontrado en esta isla es totalmente desconocida para la ciencia. Debo captar todos los detalles posibles para que su presentación sea completa y exhaustiva. He estado un buen rato a solas observando aquel maravilloso ejemplar. Por los alrededores no encontré ningún otro de su especie. Quizás sea el último.
Al volver al campamento le comenté al capitán la existencia del galápago y las aves que había visto en los roques y puso muy mala cara. Dice no gustarle que halla tantas cosas extrañas y desconocidas tan cerca de él. Me he retirado del campamento junto al capitán y Simon. Les he estado hablando de lo importante que es todo lo que aquí se encuentra para la ciencia, de lo determinante que puede ser la información que aquí recopile para próximos estudios e informes. Nos encontramos en un lugar tan remoto y aislado del resto del planeta que las especies animales y vegetales han evolucionado de forma muy distinta y extraordinaria. Pero mi capitán no entiende de ciencia. Es un hombre noble, pero ignorante. Desconoce por completo de lo que le hablo y se ha empeñado en marcharse de la isla en cuanto termine las últimas reparaciones. He pasado varias horas intentando convencerlo. Incluso he llegado a cuatriplicar el pago que habíamos convenido, pero ha dicho que no es por el dinero, sino por la vida. Teme por su vida, por la de sus hombres y por la nuestra; no está dispuesto a perder otro hombre más.
Daría todo el dinero del mundo por quedarme una semana más en la isla. Siento una gran rabia e impotencia por lo que sucede con estos hombres, pero no puedo obligarlos a permanecer en estos territorios a la fuerza.
Quizás estas sean mis últimas horas en San Borondón. Mañana saldré temprano. Al amanecer iré a visitar la cascada de la que hablan los marineros e intentaré explorar la parte este, que aún me queda por conocer. El capitán tiene intención de partir a mediodía. Lo ha dicho bajo amenaza de marcharse sin los que no estén en el barco, incluyéndome a mí.
19 de enero de 1865. San Borondón.
Es muy temprano y me encuentro ahora junto con Simon en la cascada de la que hablaban los marineros. Realmente es digna de ver. Debe de tener 60 pies y el agua cae con mucha violencia sobre las rocas. Deduzco que la cascada se alimenta del lago superior, y las lluvias, que aún persisten, deben provocar que se encuentre con tan abundante caudal. He tomado una placa fotográfica.
Una serie de acontecimientos, que ahora expongo, han hecho que aún estemos en San Borondón y que nos encontremos todos en el barco esperando al alba para partir. Me perturba en estos momentos la idea de que le pueda suceder algo grave a Simon. Está herido y ha perdido bastante sangre.
Después de atravesar la cascada, seguimos rumbo al este. El hecho de que también hubiese unos pronunciadísimos acantilados, muy superiores a los del otro extremo de la isla, hizo que decidiéramos subir hacia el interior. La marcha fue bastante complicada, pasamos por unos extraordinarios desfiladeros y barrancos que descendían vertiginosamente hacia el mar. Una pequeña y persistente lluvia caía durante todo el camino sobre nosotros. Unas aves de llamativos colores, que no pude observar con precisión, revoletearon durante largo rato sobre nuestras cabezas. Sus colas eran largas, muy coloridas, al igual que sus alas. La pendiente se agudizó hasta el punto de hacernos escalar la montaña.
A duras penas, llegamos a la parte superior de la isla donde la vegetación se hace menos densa pero sigue poblaba de grandes árboles que cubren todo el paisaje. Desaparece en esta parte de la isla la densidad de las selvas anteriores y se torna más llana y con pequeños arbustos que lo cubren todo. En un momento determinado Simon llama mi atención de forma estridente. Al mirar en la dirección que me indica, observo unas grandes aves muy parecidas a un avestruz, aunque de menor envergadura. Nos encontramos sobre unas pequeñas rocas que nos protegen de la visión de las aves. Son realmente fabulosas. A pesar de ser de la misma familia que los avestruces, tienen rasgos distintivos. Poseen en sus cabezas unas crestas formadas por plumas. Aprovechamos aquel momento para observar las aves. Estaban cazando unos pequeños mamíferos del tamaño de un conejo. Avestruces carnívoros, otro misterio más para la extraordinaria fauna de San Borondón. Me encontraba con el catalejo observando las aves y haciendo unos bocetos, cuando me percaté de la ausencia de Simon. Lo busqué y lo ví bastante cerca de las aves, oculto entre unos matorrales.
De repente. sin darme cuenta de lo que sucedía y sin tiempo para reaccionar, una de las aves percibió la presencia de Simon y se dirigió hacia él en posición de ataque. Lo que sucedió a partir de este momento está bastante confuso en mi mente. Lo recuerdo de forma intermitente y como si hubiese sucedido lentamente.
Ante el inminente ataque del animal, Simon realizó dos disparos con su pistola. Falló, dando al animal la oportunidad de alcanzarle y herirle en el antebrazo. De un gran picotazo, le destrozó el brazo derecho y se dió rápidamente a la fuga, como el resto de los animales. Simon se mantuvo en pie, pero malherido.
Me dijo que no me preocupara, pero no dejaba de sangrar. Decidimos dirigirnos rápidamente al campamento. Cogí mis apuntes y la cámara fotográfica, abandonando en el lugar el pequeño laboratorio portátil para el revelado de las placas. En principio parecía ir bien, pero la herida no paraba de sangrar y Simon iba perdiendo fuerzas por momentos. Al comenzar la bajada se me resbaló de las manos la cámara fotográfica, cayendo entre las rocas y rompiéndose algunas de sus partes. El camino se me hizo eterno. Parecía que no iba a llegar el momento en que apareciese el campamento. Tardamos al menos dos horas en llegar. Los marineros lo habían desmontado durante el día y todo se encontraba en el barco. Al oír los disparos que efectuó Simon, habían desembarcado de nuevo en la costa y nos esperaban allí con la barca. Al vernos llegar nos hicieron señales para que fuésemos a la playa.
Ahora estoy en el barco. Simon descansa en su camarote. La pérdida de sangre ha sido importante. Es un hombre muy fuerte, por lo que espero que resista hasta que encontremos tierra de nuevo. Mañana al amanecer saldremos de la isla e intentaremos buscar una ruta que nos lleve de vuelta a Tenerife. No sabemos nuestra posición ni el tiempo que podremos tardar en localizar tierra firme. Me preocupa Simon, pero más me preocupa abandonar esta isla y no saber volver. Me atormenta no tenerla localizada en un maldito mapa.
El capitán ha suavizado su enfado al ver las razones de nuestra demora. Había pensado zarpar este mediodía y me ha confesado que se ha pasado la tarde maldiciéndonos por la tardanza. Todo está listo en el barco. El marinero que desapareció hace ya tres días no ha vuelto a dar señales de vida. Con la agresividad de los animales que se encuentran en los llanos superiores no me extraña que haya sido víctima de sus ataques. El capitán no piensa esperar por él. En su lugar yo haría lo mismo. Se ha ido por su propia voluntad, y por lo mismo, podía haber vuelto.
Me dispongo a descansar, pero antes me gustaría hacer una pequeña reflexión de lo que ha sucedido en la última semana. He organizado una expedición en busca de un lugar desconocido que muchos hombres habían buscado y nadie había hallado. He encontrado dicho lugar, que es una isla llamada San Borondón, he desembarcado en la isla, la he explorado y he catalogado al menos ocho especies animales nuevas para la ciencia, así como una veintena de especies vegetales e insectos. Es uno de los hallazgos más impresionantes que se ha realizado a lo largo del siglo XIX. Y ahora, me dispongo a abandonar mi isla. La dejo sin saber si podré volver, con la incertidumbre de poder localizar su posición. Pero con la certeza de que tras estos días pasaré a formar parte de la historia de la ciencia.
20 de enero de 1865. San Borondón.
Escribo en los instantes en que San Borondón se pierde de mi vista. Abandonamos la isla con destino incierto. No sé cuando volveré a pisar esta tierra llena de misterios e incógnitas para la ciencia y con una variedad de flora y fauna como no se había encontrado antes. San Borondón, mi isla. Eternamente escondida entre las nubes y las brumas.
El único rumbo seguro es dirección este. Podemos tardar hasta doce días en llegar a las costas de África, las provisiones que tenemos tampoco son muy abundantes. Además anoche se murió el ejemplar de la especie que habíamos cogido en la zona volcánica. Imagino que se alimentaba sólo en libertad. Uno de los marineros está vaciando su carne, ya que me llevaré el caparazón para examinarlo.
23 de enero de 1865. Alta mar.
Llevamos dos días de navegación muy buena, el ritmo es bastante rápido y estamos aprovechando las corrientes que vienen del sur. En una de las cartas de navegación estamos intentando marcar la ruta que creemos que estamos siguiendo para, en el momento de encontrar un territorio conocido, poder obtener la dirección en la que llegamos y así situar en el lado opuesto a San Borondón. A pesar de la distancia del idioma me voy entendiendo con el capitán. Ha recobrado su buen humor conmigo y nuestra relación vuelve a ser cordial. Los marineros están muy alterados. Continuamente hay altercados entre ellos y me miran con gran recelo. Llevo siempre conmigo la pistola de Simon. Espero no tener que usarla contra uno de ellos. Reflexiono ya con calma sobre todo lo que ha acontecido hoy. Ha sido una tarde muy ajetreada e intensa. A última hora de la mañana uno de los marineros divisó una columna de humo en el horizonte y dio la alarma a todo el barco. Corrimos todos a cubierta, y efectivamente, allí estaba, marcándonos la ruta de vuelta a casa. Tras media hora de persecución logramos dar caza al vapor. Se trataba del Andalucía , procedente de la isla de Cuba, y con destino a Cádiz. Nos divisaron y comenzaron a tocar la sirena. Nos acercamos lo más que pudimos y el capitán comenzó a dar voces. Les dijimos que llevábamos un herido que necesitaba urgente atención. El vapor redujo su marcha y el médico vino a nuestra embarcación. En un principio se asustó bastante al ver la apariencia que tenían los marineros, pero se calmó al verme a mí, con un aspecto presentable, muy superior a estos hombres. El capitán contó que navegábamos cerca de las islas Madeira cuando una tempestad nos azotó y desvió nuestro rumbo quedando desorientados en medio del océano. El médico valoró la situación de Simon y nos dijo que estaba bastante mal, que esas fiebres podían acabar con su vida, y que necesitaba urgentemente atención médica.
Desde nuestra posición, y con nuestro barco, no tardaríamos menos de cinco días en llegar a Cádiz, y eso era mucho tiempo. Le propusimos al médico transportar desde su barco a Simon para que la atención fuera lo más rápida posible. Aceptaron, y Simon fue llevado a bordo del vapor Andalucía . Le entregué al médico una importante suma de dinero español para que se ocupara de atender correctamente a Simon, y para los gastos que ocasionase su ingreso. Me dejó una dirección en Cádiz donde podría localizarle a mi paso por la ciudad.
Tengo la absoluta confianza en el médico, Rafael Romero. Sé que cuidará perfectamente de Simon y que en varias semanas se reestablecerá. A mi vuelta a Inglaterra le recogeré en Cádiz.
Por otro lado nos han aclarado la posición en la que nos encontramos. Estamos a unas 200 millas al norte de las islas de Madeira, mucho más al norte de lo que yo hubiese pensado. Con este dato tengo ya localizada aproximadamente la posición de mi isla. Cogí la carta marina con los datos apuntados en los días anteriores y la guardé con mis anotaciones. Aunque el capitán sabe muy bien la ruta que hemos seguido no creo que se aventure a intentar encontrar de nuevo la isla. Le veo con ganas de llegar a tierra y no subirse en un barco nunca más.
Ya tenemos nuevo rumbo: Vamos directos a la isla de Madeira, a Funchal. Llegaremos en dos días.
24 de enero de 1865. Alta mar.
Esta tarde dos gaviotas han estado revoloteando sobre nuestro barco. Quiero estar ya en Londres, estudiar todos mis apuntes, preparar el proyecto, y presentar en la Royal Society el gran descubrimiento que he realizado.
25 de enero de 1865. Funchal, isla de Madeira.
Me encuentro alojado en el Hotel Azores . He descendido esta tarde a tierra con todos mis enseres. Partiré mañana en el vapor inglés Sydney Hall, que llegará por la mañana, y saldrá por la tarde hacia el puerto de Cádiz con destino final Londres. No puedo perder este precioso tiempo en navegar con el Cruz del Sur hasta Canarias y luego esperar la llegada de un vapor con rumbo a Inglaterra. Es demasiada espera para el ansia que tengo en empezar mi labor. Escribiré una carta al Señor Hamilton y otra a Don Antonio Díaz para que sean entregadas por el capitán junto a la otra mitad del pago por la embarcación.
Hoy he visitado a un viejo amigo en la ciudad, Jacinto de Souza, responsable del Jardín Botánico de Funchal. Se ha alegrado mucho al verme y me ha preguntado sobre la presentación de mis trabajos sobre Madeira y el excelente resultado de la herborización que realizamos en estas tierras hace unos años, cuyo resultado aún está pendiente de exposición. El Jardín Botánico sigue estando en pleno esplendor. No deja de sorprenderme el perfecto orden y limpieza de éste, comparado con el de Tenerife. No le he comentado a Jacinto de Souza ningún detalle con respecto a mi viaje y los resultados tan extraordinarios que he obtenido. Tampoco de las nuevas especies de flora, que a buen seguro le encantaría observar.
26 de enero de 1865. Aguas de Madeira.
Me alejo ya del puerto de Funchal, dejando atrás sus hermosas laderas pobladas de casitas blancas y su pequeña bahía de aguas tranquilas. Otra etapa más en el viaje que pasa a la historia.
Mientras me alejaba en la borda del vapor inglés Sydney Hall con destino al puerto español de Cádiz, he observado como fondeado cerca del puerto se encontraba aún el Cruz del Sur , elegante y valiente, con sus dos mástiles desafiando al cielo. Mi barco, el barco que me llevo a mi isla. Gracias.
Voy ahora rumbo a Cádiz. Estaremos en la ciudad en tres días. Espero que Simon se encuentre ya recuperado y no tengamos que demorar nuestra partida hacia Londres.
29 de enero de 1865. Cádiz.
Mañana partimos para Inglaterra, nuestra patria. He enviado un telegrama a mi hermano Peter anunciándole mi próxima llegada a la ciudad. No cabe en mi cabeza otro pensamiento que el de presentar mis trabajos, exponer el gran descubrimiento, y la revolución que esto significará para la ciencia.
Esta mañana llegué al puerto de Cádiz, tomé un carruaje en el muelle y me dirigí a la dirección de Rafael Romero, el médico que viajaba en el vapor Andalucía . Se encontraba el doctor en su casa y tras un cordial saludo me llevó al jardín trasero de su casa. Allí se encontraba Simon, totalmente restablecido y con un vendaje muy aparatoso en su brazo derecho. La alegría del reencuentro fue compartida por todos los presentes. El doctor Rafael Romero me ha pedido que me hospede en su vivienda hasta nuestra partida al día siguiente. He aceptado gustosamente es un inmenso placer conversar con una persona de su talante y educación. El doctor me ha comentado que Simon se ha recuperado de forma milagrosa. Las fiebres le bajaron rápidamente durante el trayecto y su brazo se ha restablecido en pocos días. Me ha preguntado el doctor acerca de nuestra peligrosa aventura. Estaba realmente atónito al saber que alguien podía arriesgar todo lo que tenía por la búsqueda de un lugar prácticamente desconocido. Le expliqué las intenciones y las circunstancias que motivaron mi expedición y entendió perfectamente mis argumentos, aunque seguía sin compartirlos.
5 de febrero de 1865. Londres.
Me encuentro por fin en mi casa. Mañana mismo comenzaré con mis trabajos. Todo ha ido muy bien durante el día. Después de nuestro paso por Lisboa llegamos al puerto de Londres muy temprano. Allí estaba Peter esperándonos. Simon decidió continuar el viaje inmediatamente, ya que su residencia está en Manchester y esa misma tarde salía un tren para su ciudad. Insistí en que se quedara en Londres durante unos días, pero su débil estado de salud, y el ansia por llegar a su casa son más fuertes que cualquier otra oferta. Me despedí de él con un fuerte abrazo y dándole las gracias por los inmejorables servicios prestados. Las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para él. Es un gran hombre, un valiente, y me lo ha demostrado cada día de la expedición. No tengo palabras suficientes para agradecer su labor. Ahora sólo me queda encerrarme en mi estudio y trabajar, trabajar lo más rápida y eficazmente posible para poder presentar mis trabajos a la mayor brevedad.
7 de febrero de 1865. Londres.
No tengo mucho tiempo para seguir tomando anotaciones en mi diario. El trabajo sobre San Borondón ocupa prácticamente todas las horas de mi vida. No salgo del estudio más que para comer. Por las noches casi no duermo. Se ha convertido en una auténtica obsesión.
He llevado las placas fotográficas de Tenerife y San Borondón a un estudio cercano, en la calle Oxford. En unos días me entregaran las copias sobre papel. Espero que sirvan para complementar mi trabajo y darle una mayor fidelidad a mis argumentos y anotaciones.
21 de febrero de 1865. Londres.
Todo va muy bien. He progresado bastante en mis investigaciones. Hay muchas plantas nuevas. Algunas noches no puedo dormir, y durante el día tengo que cerrar las ventanas de mi estudio. La luz del día se está convirtiendo en mi peor enemigo. No puedo concentrarme.
3 de marzo de 1865. Londres.
Hoy ha estado en casa mi hermano Peter. Dice estar preocupado por mí. Tengo que entregar lo antes posible mis investigaciones. Los animales que encontré en la isla son muy extraños y debo hacer buenos dibujos de ellos para explicarles a mis colegas cómo son en realidad.
18 de marzo de 1865. Londres.
Llevo ya más de un mes sin salir del estudio. Casi no puedo leer las letras que escribo. Todo es confuso.







