Capítulo II. Búsqueda de la última información y estancia con los Hamilton.
30 de septiembre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Hoy hemos tenido la audiencia con el gobernador civil, el señor Don Diego Celaya y Bretón. Es un hombre bajo, de complexión fuerte y muy poco hablador, aunque bastante comprensivo y atento. Simon y yo nos presentamos a las diez de la mañana como habíamos concertado y rápidamente salió a nuestro encuentro. Tras presentarnos y saludarnos como auténticos caballeros, nos convidó a un café en una estancia muy amplia y agradable que poseía un espléndido balcón sobre La Plaza de La Constitución. Luego pasamos a su despacho. Me sorprendió la agilidad y fluidez con la que dominaba mi lengua, lo cual facilitó nuestra conversación, que pudo realizarse de una forma directa. Le conté los motivos de mi estancia en la isla y las intenciones de realizar la expedición, lo cual en un principio le sorprendió, pero más tarde le fascinó. La simple idea de encontrar un nuevo territorio sin explorar es capaz de fascinar a cualquier hombre. Le entregué la carta que para él me había dado Von Stocke, hecho que le hizo depositar más confianza en mi proyecto. Estuvimos hablando durante varias horas y me aseguró que no habría problemas en conseguir cualquier clase de permiso que necesitase. Salí de esta reunión muy satisfecho.
2 de octubre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Hoy he estado revisando todo el material para la expedición. Si todo va bien espero partir antes de un mes en busca de mi isla. He preparado la cámara fotográfica para llevarla mañana a un estudio fotográfico que Simon se ha encargado de localizar, para que nos puedan explicar el complicado funcionamiento de este aparato y el revelado de sus placas. De esto último espero que se encargue Simon, por sus conocimientos en ciencias químicas. Estoy ansioso por probar este fantástico aparato al que tanto uso dan ahora científicos y estudiosos pero que para mí es nuevo como instrumento de trabajo.
Esta mañana puse en correos correspondencia dirigida a mis padres y a John List, espero que no se demore y pronto poder recibir noticias de ellos.
3 de octubre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Ha sido algo maravilloso, mágico. Relato la historia desde el principio ya que es digna de nombrar. Esta mañana a eso de las once y media Simon y yo nos hemos dirigido a la calle El Sol, en el número veinticuatro. Aquí se encuentra el estudio fotográfico de Rafael Belza. Está especializado en la realización de retratos. Tras explicarnos durante un rato el funcionamiento de la cámara y sus lentes pudimos hacer varios ensayos en su cuarto oscuro, con el emulsionado de las placas de cristal al colodión húmedo y su exposición en la cámara. Nuestros primeros dos intentos fueron fallidos debido a la torpeza que mostraron mis manos en el momento de preparar las emulsiones, pero al tercero logramos obtener una imagen de la calle en la que se encontraba el estudio. Fue maravilloso cómo después de sumergir la placa de cristal en aquellos líquidos pudimos ver una imagen fijada en ella. Le comentamos al señor Belza que nuestra intención era la de fotografiar exteriores, como paisajes y naturaleza, por lo que le pedimos ir al muelle para realizar unas tomas. Para ese cometido poseía el señor Belza un pequeño cajón cubierto con unas telas negras en el cual se introducía el fotógrafo para revelar las placas, lo trasportamos hasta el muelle y tomamos dos fotografías de los barcos. Rápidamente las revelamos y allí aparecieron las imágenes. Le expresamos nuestro deseo de adquirirle tan útil instrumento y accedió de buena gana ya que poseía otro de similares características. Espero que la cámara fotográfica pueda servir para retratar los nuevos territorios, aunque yo me fío más de mis plumas y mis pinceles.
No pude menos que pagarle una buena suma por sus servicios y su ayuda, asegurándole que antes de nuestra partida pasaríamos por su establecimiento para surtirnos de los materiales necesarios.
4 de octubre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Esta mañana he visitado La Casa Hamilton, en busca de Don Andrés, al cual debía visitar y entregar una carta de parte de Von Stocke. Poseen una de las mejores casas particulares de la ciudad, situada junto a la alameda. Había un gran ajetreo. Varios carros tirados por bueyes se encontraban frente a la casa. Al preguntar por el señor Hamilton nos recibió un hombre que debía ser el encargado del almacén y nos dijo que el señor se encontraba en ciudad de La Laguna y no sabía cuándo bajaría. Nos dejó su dirección de La Laguna para poder visitarlo.
5 de octubre de 1864. La Laguna.
La subida a La Laguna ha sido bastante tormentosa. El camino, a pesar de estar preparado para la subida de los carros no deja de ser molesto debido al empedrado irregular con el que está hecho. En compensación a estos malos momentos me sorprendió la cantidad de plantaciones que hay a lo largo del recorrido, la mayoría de ellas de cochinilla. Se trata de un parásito que recoge la gente de aquí de las tuneras. Al hacerlo estallar, produce un color rojo permanente y se utiliza como tinte para telas. La exportación de esta materia es un próspero negocio en la isla. Hay muy pocas haciendas de consideración. Las que hay me sorprendieron con sus huertas al aire libre, en las que conviven frutales como naranjos, con bananeros y papayos de América (que normalmente se ven en invernaderos). El clima de Canarias ha demostrado ser idóneo para la adaptación de estos frutales en su camino a Europa.
Según hemos ido subiendo hacia La Laguna nos hemos apercibido de cómo baja la temperatura ambiente con respecto a Santa Cruz donde el aire es muy sofocante y caliente y el calor es casi inaguantable. La Laguna debe estar a 1500 pies de altitud y eso se deja notar. Recordaba la ciudad tal y como era hace unos años. Sigue igual, con su gran cantidad de molinos de viento en las afueras y los edificios más elegantes de toda la isla, con una arquitectura colonial aún conservada. Para un naturalista es un dato curioso ver todos los tejados de las casas totalmente poblados de Sempervivum urbicum , cuyo nombre vulgar aquí es verode, alimentados continuamente por las brumas que invaden la ciudad.
A primera hora de la tarde hemos llegado a la casa que la familia Hamilton posee en la céntrica calle de San Agustín. Fuimos recibidos rápidamente y pasamos a una agradable estancia junto a un magnífico patio interior presidido por dos palmeras canarias. El señor Hamilton bajó a los varios minutos y tras presentarnos, también pudimos conversar con él en inglés ya que, como me contó más tarde, había tenido ocasión de estudiar y formarse en Londres y París; pasamos a un salón de estilo victoriano en el que colgaba un cuadro de grandes dimensiones con el retrato de un militar. Se trataba del abuelo del señor Hamilton, que había estado luchando junto a Napoleón en la invasión a Egipto.
Tras una agradable charla en la que le contamos al señor Hamilton la verdadera intención de nuestra estancia en la isla y el objetivo que perseguíamos, quedó fascinado por tal empresa, ofreciéndonos rápidamente su más estrecha colaboración y poniendo a nuestra disposición todos los medios con los que podía contar. Nos comentó que podríamos seguir buscando información sobre la isla de San Borondón en los archivos municipales y en varios conventos de La Laguna que poseen importantes colecciones de mapas y manuscritos. También nos “obligó” inmediatamente a trasladar nuestra residencia a La Laguna, a unas estancias de invitados que tenían disponibles para tales ocasiones. En un principio nos pareció un abuso, pero ante la insistencia de Hamilton no tuvimos opción de rechazar tal ofrecimiento. Agradezco el gesto de amistad, aún sin conocernos de nada, que el señor Hamilton nos ha mostrado desde el primer momento, acogiéndonos como si fuésemos de su propia familia. La carta que me envió para él Von Stocke fue recibida con mucha alegría, demostrando por sus comentarios que les unía una gran amistad. Esta noche la pasaremos en La Laguna y mañana volveremos a Santa Cruz para trasladarnos.
Me alegra bastante esta invitación del señor Hamilton, no creo que hubiese aguantado dos días más en la fonda Richardson. Estaba empezando a cansarme de esas cuatro paredes.
10 de octubre de 1864. La Laguna.
Esta tarde hemos estado en el convento de San Agustín. Es un convento de franciscanos situado en el centro de La Laguna. Fuimos atendidos amablemente por el padre Charles Moore, un fraile inglés que ya lleva trece años en África, y los dos últimos en Tenerife. Tiene esta biblioteca una gran cantidad de volúmenes manuscritos por los frailes desde la época de la conquista. Me he sumergido en la lectura de uno muy raro, manuscrito en 1526 por Fray Luis de Aragón y Arnay, que estuvo en estas islas del “Reyno de Canarias“ entre 1520 y 1526, habitando varios conventos de la isla, incluso viajando a la isla de La Palma y El Hierro. De ésta tiene unos apuntes extraordinarios sobre el árbol del agua, garoé , además de varios párrafos sobre los territorios cercanos al nuevo continente. El padre Moore me ha prometido conseguirme mañana otros ejemplares similares.
18 de octubre de 1864. La Laguna.
Esta última semana la he pasado entre libros, manuscritos, grabados, mapas y todo tipo de información referente a la conquista y leyendas de las islas. Como dato extraordinario, ya en el año 1496, un barco portugués con destino a las Nuevas Indias descubiertas, asegura haber fondeado frente a una isla volcánica totalmente deshabitada y con gran vegetación en la que se aprovisionaron de agua para proseguir su viaje a las Indias. Este documento está recogido en un libro de gran tamaño y con una gran cantidad de dibujos religiosos, que, según me ha contado el padre Moore, fue traído desde Sevilla por unos frailes cuyo destino era la isla de La Española, pero tuvieron que dejar en Tenerife gran cantidad del material que transportaban. Sucedió este acontecimiento en 1534, y yo hoy agradezco al capitán de dicho navío que no dejase transportar a esos frailes tanto material.
Mañana bajaré al puerto de Santa Cruz para ver algunos barcos que puedan ser apropiados para mi viaje. El señor Hamilton me ha dicho que pase por las oficinas de su compañía y pregunte por Don Gilberto Palazón que estará a mi entera disposición. Espero que el asesoramiento sobre la mejor nave y la mejor tripulación para la expedición sean acertados.
19 de octubre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Hoy he aclarado bastantes cosas con respecto a los medios para utilizar en la expedición, así como el tipo de navío mas apropiado a mis arcas. El descenso al puerto ha sido igual de tormentoso que la subida, con la salvedad que en esta ocasión el señor Hamilton ha dispuesto uno de sus carruajes, lo que ha sido de agradecer, ya que no tiene nada que ver con el artilugio con el que nos desplazamos en el ascenso. Eso sin contar también la hora de nuestra partida, que fue las cinco de la mañana. Simon pudo dormir en el trayecto, pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas, ordenando en mi mente todo lo que he estudiado a lo largo de estas semanas sobre San Borondón e intentando que toda la expedición se organice de la mejor manera y no quede ningún cabo sin atar. Llegamos a la ciudad justo al amanecer, a pesar de que una gran barrera de nubes nos impedía ver la salida del sol. El cochero nos dejó en la casa de Hamilton, cuyo patio interior está rodeado por una hermosa galería de madera y tiene unas majestuosas escaleras que llevan a la parte superior, en la que están las oficinas. También posee un espléndido mirador desde donde se divisa todo el puerto y parte de la ciudad. Destaca la torre de la Iglesia Matriz, cuyos archivos me ha recomendado visitar el padre Moore. Don Gilberto Palazón se presentó a nuestra llegada. Es un hombre extraordinariamente alto -debe medir dos metros- y es de complexión muy atlética. Me ha impresionado bastante la presencia de este hombre. Incluso Simon, que es bastante alto y fuerte, parecía pequeño a su lado. Estuvimos conversando en su oficina y tras contarle las intenciones de mi viaje y estimando la distancia que debíamos recorrer, me recomendó la utilización de un tipo de navío muy frecuente en este puerto, la gabarra, ya que los barcos de que disponía su compañía eran vapores y buques de mercancías demasiado grandes para nuestra empresa. Me recomendó Don Gilberto que me acercase al muelle al atardecer. Junto al Castillo de San Cristóbal se encuentra una pequeña fonda en la que se reúnen los marineros. Ahí podría contactar con alguno de ellos para poder fletar una nave digna. Tras una larga conversación y asegurándome que no me preocupase por los víveres y la preparación del barco, Don Gilberto Palazón se sumergió de nuevo entre las mercancías y comenzó a dar voces a sus trabajadores. Bajamos hacia la fonda, era un lugar de reunión en el que todas las mesas estaban ocupadas. Al entrar, vino a recibirnos cordialmente un mozo que rápidamente hizo una señal a unos marineros para que abandonasen una mesa, lo que hicieron al momento. Nos acomodaron y nos sirvieron una jarra de vino. Simon comenzó a dialogar con él mientras yo observaba concienzudamente a todos los marineros que se encontraban en el salón. Su aspecto era tan andrajoso y descuidado que resultaba difícil creer que fueran buenos marinos. Ninguno de ellos me inspiró confianza. Al rato se acercó un hombre con la cara marcada por varias cicatrices y dirigiéndose a mí con una voz ronca y grosera balbuceó unas palabras que evidentemente no pude entender. Simon me tradujo lo que aquel indiviudo había dicho. Preguntaba si queríamos un barco, que él era pescador y tenía uno del que podríamos disponer, incluso nos indicó dónde se encontraba anclado. Salimos con él para verlo en el muelle y con las últimas luces del atardecer pudimos ver unas cuantas maderas juntas que parecían formar el casco de un barco, con un mástil y unos siete metros de eslora. Simon entendió rápidamente que no se asemejaba en nada a lo que buscábamos y con un gesto inteligente se llevó al hombre al interior de la fonda. Me quedé en el muelle observando el tipo de embarcaciones que había, mientras el faro pasaba su rayo salvador de forma repetitiva y sincronizada sobre las naves que había en el puerto. No sé quien podrá asesorarme bien sobre la nave a utilizar.
Ahora estamos de nuevo en el Hotel Inglés . Pasaremos aquí unas cuantas noches hasta resolver el flete del barco y buscar un capitán digno de la nave que debe llevarnos a los nuevos territorios.
20 de octubre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Esta mañana mientras desayunábamos llegó un muchacho preguntando por nosotros. Venía de parte de Don Gilberto y nos pedía que fuésemos a visitar a Don Juan Tamayo, el dueño de los astilleros que hay junto a la playa del muelle, porque nos podría resolver algunos asuntos con respecto al barco. Así lo hicimos y Don Juan Tamayo nos recibió amablemente. Mientras le contábamos el tipo de nave que creíamos necesario para nuestro viaje, nos dijo que tenía la ideal para nosotros, que ahora se encontraba en la ciudad de Las Palmas llevando una mercancía pero que pronto estaría de vuelta. Pertenecía a un comerciante canario que quería vender su nave ya que, aunque se dedicaba a la exportación de la cochinilla, debido a la competencia que sufría por las grandes compañías no le compensaba hacer los transportes y pensaba dedicarse a vender la mercancía en tierra. Nos aseguró que hablaría con él y nos llamaría en unos días. Otra gran alegría en el día de hoy ha sido la visita que hemos realizado, por recomendación de Don Juan Tamayo, al posible capitán de nuestro futuro barco. Se llama Rafael Méndez del Rey y lo hemos visitado hoy en su casa. Está situada a las afueras de la ciudad, hacia el sur, junto a dos molinos de viento que son de su propiedad. Es oriundo de la ciudad española de Cádiz, pero lleva viviendo en Tenerife desde hace diez años. Se dedica a la pesca y, según nos contó, en su último viaje a las costas africanas se encontraban faenando en el Cabo de Nun y fueron asaltados por los moros beduinos que desvalijaron totalmente el barco y el trabajo de ocho días de pesca. Da gracias a estar todavía vivo, porque esos moros son muy fieros y no suelen dejar testigos de sus fechorías y hasta la fecha no había vuelto a navegar. Me gusta muchísimo el talante de Don Rafael Méndez.
Creo que he dado un paso importante en mi proyecto. Si todo sale bien en varios días podré contar con un barco y un capitán. No quiero adelantar acontecimientos, por eso debo ser prudente y esperar.
22 de octubre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Hoy he enviado un telegrama a Hamilton para comunicarle que mi estancia en Santa Cruz se va a prolongar unos cuantos días más y que todo está saliendo según lo previsto. Estoy muy ansioso por la llegada del barco. Noto a Simon algo intranquilo por la falta de actividad. Es un hombre de acción y no es bueno que permanezca parado tanto tiempo.
24 de octubre de 1864. Santa Cruz de Tenerife .
Don Juan Tamayo se ha presentado en el hotel a primera hora, acompañado de Antonio Díaz, el propietario del barco que podría estar disponible para la expedición. Es un señor muy amable y de buenas formas. Procede de una familia adinerada de la isla y ha venido dispuesto a hacernos una oferta por la venta del barco. Deshicimos el malentendido rápidamente, ya que nuestra intención no es la de adquirir el barco, sino tener la posibilidad de poder fletarlo durante un tiempo determinado (el que dure nuestra expedición) y luego volver a dejárselo a su propietario en las mismas condiciones de entrega. De igual manera, le pareció a Don Antonio Díaz beneficiosa esa operación. Mientras no encontrase un vendedor, la nave estaría a nuestra disposición. Nos subimos en el mismo carruaje que lo había traído al hotel y nos dirigimos al puerto. El barco se encontraba fondeado justo delante de la fortaleza de Paso Alto. Don Juan Tamayo se despidió de nosotros en ese momento ya que asuntos de su negocio lo reclamaban. Junto a Don Antonio Díaz subimos a una pequeña barca, que manejaba con verdadera destreza, y llegamos al barco. Su cubierta de madera es espléndida aunque está algo estropeada. Tiene dos mástiles, el velamen en buenas condiciones, tres camarotes y dos bodegas bastante grandes. Ha sido emocionante poder visitar la embarcación. Desde hoy disponemos de ella. Esta tarde nos acercaremos a la casa de Rafael Méndez para proponerle ser el capitán de nuestra nave. No le ha sorprendido en absoluto nuestra visita. Lo he visto bastante interesado en el proyecto, aunque he notado cierta incredulidad por los nuevos territorios por descubrir. Ha dicho que sólo se trata de una leyenda, de supersticiones. A pesar de todo, por la suma de dinero que le ofrecemos, se lo pensará y responderá mañana.
Muy cerca de la casa de Rafael Méndez se encuentra un lugar al que llaman Lazareto, bastante sucio y abandonado, junto al Castillo de San Juan y al polvorín de la ciudad, así que realizamos una visita al Castillo. Uno de los soldados que lo custodiaba , que al parecer nos había reconocido de vernos en las dependencias de las autoridades del Castillo San Cristóbal, se acercó a nosotros y nos hizo una serie de preguntas respecto a la expedición. Nos dijo conocer un marinero que años atrás, mientras volvía de pescar cerca de la isla de El Hierro en su barco, sufrió una avería que los dejó a la deriva durante varios días. Al parecer, el buen hombre contaba haber avistado tierra y no haber podido llegar a ella. La historia me dejó perplejo durante un rato y decidí ir a hablar con ese marinero para saber algo más sobre su aventura. El soldado nos dio una dirección donde localizarlo y fuimos en su busca.
Justino Pérez de la Cruz se presentó ante nosotros en la puerta de su desvencijada casa, con cara de muy pocos amigos y con muy pocas ganas de hablar. Le ofrecí 80 reales por contarme el relato de su extraña travesía y al momento estábamos sentados en el patio interior de su casa con una botella de vino y un pedazo de queso. Me gustaría transcribir tal cual he oído la historia para que figure en mi diario, no como un texto mío, sino como el de su auténtico protagonista.
“Fue hace cinco años, veníamos de pescar mi compadre Adalberto Gutiérrez y su cuñado Ramón Bencomo de La Restinga en la isla de El Hierro. Había sido una semana muy fructífera. Veníamos con la bodega repleta de bonitos, cuando a mitad de camino hacia La Gomera un crujido hizo que un silencio inundara el ambiente, Ramón bajó rápidamente a la bodega y al subir dijo la frase que no queríamos oír: “el timón se ha partido”. No teníamos repuesto y nos quedamos sin saber que hacer, ya que una avería de esa envergadura no era broma. Bajamos rápidamente el velamen para permanecer lo mas quietos posibles, pero un viento desfavorable del sureste agravó nuestra situación y fuimos arrastrados mar adentro, hacia el oeste. Estuvimos toda la tarde intentando hacer señales, quemando objetos para hacer humo, señales con las antorchas, pero sin resultado. Al menos teníamos comida. Adalberto estuvo todo el rato intentando sujetar el palo en su posición original pero fue inútil. Nos veíamos condenados a ser arrastrados mar adentro y nos hicimos a la idea de que llegaríamos a Cuba o a las costas americanas. Ramón lo único que hacía como timonel era controlar que el barco no perdiese la posición, sacando una vara por el exterior del barco. Intentaba en vano mantener un rumbo. Al tercer día la cosa empeoró más si cabe, ya que una tempestad nos cogió en medio del Atlántico. Un fuerte viento del sur empezó a manejarnos en el mar como a un trozo de corcho. En varias ocasiones pensamos que no saldríamos vivos porque las olas eran muy superiores en tamaño y fuerza a nuestra embarcación. Así pasó toda la noche y la mañana, hasta que en un momento determinado avistamos tierra, o por lo menos eso creímos. Vimos tierra tal y como yo ahora les estoy viendo a ustedes a una distancia de no más de tres millas. Incluso Ramón dio un grito de alegría gritando: “¡Tierra, tierra!”. En ese momento un brusco movimiento de mar hizo zozobrar la embarcación hasta el punto de casi volcarla, recuperamos nuestra posición y ya no estaba allí, la tierra había desaparecido. Miramos en todas las direcciones y nada de nada, estábamos de nuevo solos en medio del océano. Hasta juraría haber distinguido árboles en aquella visión, acantilados negros y montañas. Dos días después y ya fuera de la tempestad divisamos un barco en el horizonte y comenzamos a hacer todo tipo de ruido y señales. A Adalberto se le ocurrió arrojar sobras de pescado al mar para atraer a las gaviotas que revoloteaban alrededor del barco. Nunca olvidaré su nombre, se llamaba “Esperanza” y era portugués. Después de valorar la avería nos dijeron que estábamos a sólo cien millas de Madeira y nos remolcaron hasta el puerto de Funchal”.
Creo no haber obviado ningún dato ya que el relato lo fui escribiendo según me lo traducía Simon y lo iba contando Justino Pérez. Ahora en la noche mientras traspaso a mi diario estas anotaciones no puedo por menos que estremecerme al recordar cuando aquel marinero dijo que se encontraban cerca de las islas de Madeira, más hacia el noroeste y adentrándonos en el océano, que es donde creo que se encuentra San Borondón. Mañana le traeré a Justino un mapa del océano Atlántico para que me marque la posición en la que creyó ver tierra. No es un dato muy fiable pero es un testimonio más de la existencia de la isla.
28 de octubre de 1864. La Laguna.
Esta tarde he vuelto de nuevo a La Laguna, después de casi diez días en Santa Cruz. Mi expedición ya tiene barco y capitán. Rafael Méndez del Rey es desde hace cuatro días el hombre encargado de poner rumbo con nuestra nave hacia los nuevos territorios. Debo encontrar mi isla. Creo fervientemente en su existencia, lo he hecho desde el instante en que oí hablar de ella. Todas las leyendas siempre están creadas alrededor de datos o hechos que son ciertos y San Borondón no va a ser una excepción.
He dejado a Rafael Méndez a cargo de todas las reparaciones y mejoras que necesite el barco, quiero que esté a punto y que no falte nada para nuestra partida. Estos días he estado viendo con mi capitán los mapas y portulanos que poseo sobre la posición de San Borondón y se ha sorprendido de la exactitud de las cartas marinas que le he mostrado, aunque de alguna me ha indicado que él aprecia algunos errores de distancia entre la isla de Lanzarote y la costa africana. Esos datos erróneos, en caso de que lo sean, no entorpecen mis propósitos ya que mi ruta es totalmente opuesta. Hemos estado también buscando la fecha propicia para la salida del puerto. La mejor época será a mediados de diciembre, cuando los alisios parecen perder algo de fuerza desde el noroeste y sopla un viento suave del sur que nos ayudará en nuestro propósito. Sin embargo aún no tenemos claro la fecha exacta de la partida, iremos decidiéndola según se acerque el momento. No quiero que haya ningún error de cálculos y que falte nada el día de nuestra partida.
31 de octubre de 1864. La Laguna.
Estos días me los he tomado de descanso, después del ajetreo de las últimas semanas. El señor Hamilton, que es gran amigo de un coronel del ejército, ha conseguido que Simon pueda hacer prácticas de tiro junto a los soldados de su regimiento. Yo me he dedicado a pasear por los montes cercanos de La Vera y Las Mercedes, con él y un amigo suyo que se dedica a la exportación de vinos, el señor Luis Miranda Ojeda, que tiene unos conceptos básicos de botánica y ha quedado admirado por el conocimiento tan exhaustivo que tengo de la flora del macizo de Naga (Anaga). Le expliqué que hacia dos años había visitado en una expedición científica la isla de Tenerife y había realizado una minuciosa herborización en estos bosques. He sido invitado mañana a visitar la bodega que posee la familia del señor Miranda en la cercana población de Tacoronte. Nos ha estado hablando del proceso de la vendimia que realizaron recientemente, y de la maceración del vino en las barricas de cedro. Ha sido una conversación interesante y hemos podido intercambiar impresiones sobre los vinos que producen estas tierras y los deliciosos vinos del sur de Francia. El señor Hamilton ha comentado que también posee gran cantidad de viñedos en esa población.
3 de noviembre de 1864. La Laguna.
Ayer estuve de visita en Santa Cruz a pesar de lo tormentoso del viaje (no cesaré de repetirlo). He tenido que bajar para pagarle a Rafael Méndez. Así lo haré cada semana hasta que dure nuestro contrato.Todo en el barco marcha perfectamente: las reparaciones avanzan y el barco está cogiendo un nuevo color. Rafael me ha pedido dinero para cambiar todos los cabos del barco, lo cual he satisfecho con prontitud. Le he comentado que haré un corto viaje hacia La Orotava, por lo que no bajaré al puerto en los próximos días. Este viaje a La Orotava, ciudad que conocí también en mi anterior estancia, es con motivo de realizar una ascensión al pico del Teide antes de que las primeras nieves cubran su superficie. Esta vez espero culminar mi trayecto. Simon vendrá conmigo y el señor Hamilton ha mandado que nos acompañe un medianero que trabaja para él en el pueblo de La Esperanza.
4 de noviembre de 1864. Puerto de La Orotava.
Esta mañana hemos partido temprano desde La Laguna. Ha venido a recogernos el medianero del señor Hamilton. Se llama José y lo cierto es que aún no le he oído pronunciar tres palabras seguidas. Ha dicho “buenos días”, “su comida”, “el puerto” y “buenas noches”. Tal vez el calor pegajoso que ha hecho durante toda la jornada le haya pegado la lengua al paladar. La primera parte del trayecto la hemos hecho en un carruaje tirado por cuatro hermosos caballos. Al llegar a una pequeña villa llamada La Matanza, por lo visto en honor a los españoles caídos en manos de los guanches en este lugar durante la conquista, hemos tenido que abandonar el carruaje y subirnos en unos mulos un poco esqueléticos pero que han demostrado tener una gran fortaleza.
He traído en este trayecto la cámara fotográfica para hacer alguna toma de La Orotava y del Teide. El viaje hasta la llegada al Jardín Botánico, situado a corta distancia del puerto, ha sido bastante molesto e incómodo.Antes de subir a La Orotava decidimos acercarnos al Jardín Botánico de esta ciudad, que tiene bastante fama entre los naturalistas ingleses. No ha mejorado mucho desde mi última visita, sigue teniendo gran variedad de plantas y árboles traídos de América pero está muy desordenado. Las plantas y los vegetales se aclimatan aquí antes de ser enviados a Europa.Mientras visitábamos el Jardín, ha entablado conversación con nosotros un caballero, Francisco de Ponte, al parecer de una familia muy importante del norte de la isla. Ha sido muy amable con nosotros y rápidamente se interesó por agradarnos y hacernos compañía en la visita. Al haber caído ya la noche, nos ha dicho que era muy tarde para subir a La Orotava y nos ha invitado a pasar la noche en su casa. No es un hotel pero posee un gran número de habitaciones, que a pesar de estar vacías son confortables para descansar. Hemos estado hablando de política. El señor Ponte parece muy interesado en este tipo de actividades, que a mi me traen sin cuidado. Parece ser un gran conocedor de la situación que se vive en Francia e Inglaterra y cómo puede afectar un levantamiento o una revolución.
En el jardín trasero de la casa hay gran variedad de especies vegetales, seguramente obtenidas en el Jardín Botánico. Hay una jaula en la que se encuentran dos papagayos de impresionantes y variados colores. Nunca había visto a estos animales de cerca y me ha sorprendido la habilidad que poseen para repetir algunas palabras. Mañana subiremos a La Orotava para emprender nuestra ascensión al pico del Teide, el buen tiempo reinante nos ayudará a conseguirlo.
5 de noviembre de 1864. La Orotava.
Tras un corto paseo por las estrechas y desordenadas calles del puerto, subimos al fin hacia La Orotava. José ha preparado las mulas desde primera hora y el señor Ponte ha decidido acompañarnos en la ascensión al Teide ya que dice no haberla realizado en ninguna ocasión a pesar de ser natural de esta isla. La subida ha sido muy agradable. Entre huertas muy bien cuidadas y pequeñas haciendas el camino va serpenteando por el valle hasta llegar a La Orotava, que debe estar aproximadamente a la misma altura sobre el nivel del mar que La Laguna. La vista que hay del Teide desde el valle de La Orotava no puede por menos que expresarse como imponente. La ciudad es de una belleza excepcional. Sus construcciones principales son de una nobleza extraordinaria y sus iglesias y casas poseen gran cantidad de gárgolas debido a que es una zona muy lluviosa.
En esta villa se encuentra también el que dicen es al árbol más viejo del mundo, se trata del famoso Drago. Se encuentra a las afueras de la ciudad cerca de unas pequeñas casas pintadas de blanco y una fuente. He llevado la cámara fotográfica y hemos realizado una toma del maravilloso ejemplar. Dicen que tiene una edad de más de 6.000 años, aunque en realidad no se trata de un árbol, sino de una planta con porte arbóreo que crece hasta unas dimensiones aún desconocidas. Me han dicho que a principios de siglo perdió una de sus ramas principales y desde entonces ha quedado un poco debilitado y ha perdido algo de envergadura. A pesar de ello, impresiona a cualquier persona que lo visite y resulta extremadamente interesante para un naturalista. Hay otro en Icod que tiene un gran porte. Me gustaría poder visitarlo. Sería interesante realizar un estudio exhaustivo de los dragos. Sé que otras especies o subespecies se hallan en los archipiélagos de Madeira y Cabo Verde, y en varias poblaciones de la costa africana se encuentran otras aunque no tan grandes como los ejemplares que aquí se pueden observar.
Teníamos pensado alojarnos en el conocido Hotel Taoro, pero el señor Ponte posee también en esta villa una vivienda que conserva en buen estado. El ama de llaves nos ha preparado la cena y nos hemos retirado temprano porque mañana debemos partir a primera hora para que no nos fatigue el calor.
Están listos los preparativos para el ascenso. Nos han recomendado que llevemos el menor peso posible, por lo que me veré obligado a dejar la cámara fotográfica, que va con el trípode y la caseta de revelado portátil. Sólo podré subir unas cuantas hojas y algunos lápices y pinceles. Mañana subirá con nosotros el hijo del ama de llaves, un jovencito de unos doce o trece años que no para de sonreír y mirarnos todo el rato. Se encargará de los burros, ya que ha subido con varios viajeros hasta El Teide y ha demostrado una gran destreza en dominar a estos tozudos animales. Ma ha hablado el Señor Ponte de un excepcional guía que suele organizar las subidas al Teide, Don Ignacio Dorta. Pero estos días se encuentra fuera de la ciudad.
6 de noviembre de 1864. Las Cañadas del Teide.
Esta mañana muy temprano hemos partido hacia nuestro destino. Unas nubes muy densas nos han impedido avistar El Teide. Al abandonar el pueblo atravesamos un gran bosque de viejos castaños. El jovenzuelo recogió algunos frutos y los guardó en una talega. Aparte de nuestros tres burros, en los que vamos montados, van dos burros más cargados hasta reventar. Llevan los víveres, el agua y las mantas de abrigo para la dura noche que nos espera en el valle de Las Cañadas.
Más tarde atravesamos un bosque de laureles y de brezo, por cuyos barrancos corría un pequeño hilo de agua. La subida es constante durante todo el camino. Ha sido muy amena ya que he ido comentado con Simon y Francisco de Ponte las diferentes especies vegetales que iban apareciendo a lo largo del camino. Atravesamos también un bosque de pinos canarios, que esta mermando de forma considerable debido a la tala incontrolada, y finalmente salimos a un lugar de parada que se llama El Portillo. A partir de aquí el camino se hizo más llevadero con respecto a la subida, pero un poco más pesado por el sol y la falta de oxígeno. Dispusieron para nosotros unas sombrillas que apaciguaron el sofocante calor.
A partir de este punto, el paisaje al que estamos acostumbrados en el resto de la isla cambia bruscamente. Desaparecen los árboles e inunda todo el paisaje un gran bosque de retamas (la mayoría no tienen más de dos metros de altura) expandiéndose como semiesferas por todo el valle. He podido ver algunos ejemplares de hasta cuatro o cinco metros y de una envergadura excepcional, pero sin nada de sombra debido a la forma cerrada que tienen las ramas de este arbusto de alta montaña.
Tardamos varias horas en atravesar los valles volcánicos que se van sucediendo de forma repetitiva, pero nos entretenemos viendo las caprichosas formas que tienen las coladas de lava. Tuvo que haber sido impresionante, hace miles de años, la formación de este majestuoso pico. A este paraje de lava y obsidiana le llaman en las islas malpaís, debe ser por lo costoso y fatigoso que resulta caminar por sus senderos. He recogido algunas muestras de obsidiana para llevarlas a Inglaterra. Es una piedra que siempre me ha parecido llamativa y misteriosa, debe ser por el terrorífico paisaje en el que nace.
No he podido apreciar ningún animal en estas alturas, exceptuando unos lagartos cerca de El Portillo y varios rebaños de cabras guiados por sus pastores. A media tarde llegamos a un lugar que llaman la estancia de los ingleses donde nos detuvimos a comer y a pasar la primera parte de la noche en espera de la hora de seguir el ascenso. José ha hecho una hoguera entre una muralla de piedras que hay en el centro del recinto. Nos ayudará a mitigar un poco el frío que ha comenzado a azotarnos con fuerza y a mí me ha ayudado a escribir estas letras.
Pico del Teide.
Es una extraña sensación la que ahora me invade. Te sientes poderoso en lo alto de esta montaña. Todo queda a tus pies. Comenzamos la marcha a las tres de la mañana aproximadamente. Pablo, el niño, se quedó en el campamento con los animales y nosotros cogimos unos bolsos con algo de comida y agua. Abría la marcha José con una antorcha, y Simon caminaba a mi lado con otra. El frío que aún hacía nos obligaba a ir abrigados. A las dos horas llegamos a un pequeño refugio llamado Altavista . El señor Ponte es un caminante excepcional, va muy hablador durante todo el camino y el cansancio y el frío no parecen afectarle. José nos indicó que cerca del refugio hay una cueva, llamada la cueva del hielo . En realidad se trata de una pequeña cima en la que el sol prácticamente no entra durante todo el año por lo que el hielo de su interior no se derrite. El alba nos sorprendió casi llegando al pico, donde la ascensión se hace más complicada debido a la pendiente pronunciada. Cada vez es más costoso subir, el aire penetra con dificultad en nuestros pulmones y cualquier esfuerzo, por mínimo que sea, te fatiga diez veces más que en cualquier otro lugar. Cuando ya el horizonte estaba rojo por la llegada del sol llegamos al pico, estamos en lo más alto, a 10.920 pies sobre el nivel del mar. Se produce un extraordinario efecto al estar a tanta altitud, es el “mar de nubes”. Nubes blancas que se extienden a nuestros pies sobre el valle de La Orotava dando la sensación de tratarse del verdadero mar. Hacia el sureste se aprecian la isla de La Gomera y detrás la de El Hierro, y hacia el oeste como emergiendo del océano está la isla de La Palma, que parece estar partida en dos. Y ahí, hacia el lugar al que ahora dirijo mi mirada, hacia el noroeste, está San Borondón a una distancia tal que desde aquí no puede apreciarse, pero está ahí, lo sé.
Cuando salió el Sol se produjo otro fenómeno interesante, que no es más que el efecto de la sombra del Teide proyectada sobre el “mar de nubes”. Es extraordinario lo limpio que está el aire aquí, donde las nubes no llegan. Por debajo del cono del Teide se encuentra otro cono bastante mayor. Es el Pico Viejo , ahora extinto y del cual emergió la actual cumbre. Sus lavas también hicieron desaparecer el Puerto de Garachico, que antaño era una próspera ciudad, capital de la isla. Son las diez de la mañana y aún hace frío aunque es bastante soportable. Estamos preparados ya para comenzar el descenso.
9 de noviembre de 1864. La Laguna.
Esta tarde hemos regresado de nuestro ascenso al Teide. He estado comentando con el señor Hamilton los pormenores de tan interesante viaje, el cuál no ha tenido ocasión de hacer. Le he contado lo maravillosamente que nos ha atendido Francisco de Ponte, al que Hamilton no conoce personalmente, pero sí a su familia. Hablamos también del fabuloso drago de La Orotava y de la pena por no haber visitado el que se haya en Icod.
21 de noviembre de 1864. Santa Cruz de Tenerife.
Hoy ha sido un día bastante extraño para mí. Llevo tres días en Santa Cruz solucionando problemas y gestiones para la partida de mi viaje. El señor Hamilton bajó ayer a la ciudad por motivo de una importante audiencia que se ha celebrado por la llegada del Infante de España, Don Enrique de Borbón, hermano del rey consorte de la nación. El puerto ha estado abarrotado de gente ondeando pequeñas banderas y vitoreando al recién llegado. Después se celebró una audiencia en el gobierno civil con las autoridades de la isla y con los miembros más destacados de la sociedad de Tenerife, a la cual fui invitado por el cónsul británico Matheus Wemple, junto con otro grupo de ingleses que viven en la isla. Ha sido bastante bochornoso para mí, ya que este tipo de “reuniones familiares” me suelen incomodar bastante y además me quitan tiempo para mis gestiones. Por otro lado, y buscando algo positivo, he conocido al alcalde de la ciudad, Don Patricio Madan, que se ha interesado bastante por la expedición que me dispongo a realizar y los motivos que me han conducido a ello. Me ha asegurado que agilizará los trámites necesarios para la salida del barco.







